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Sentimientos ocultos, pasiones prohibidas

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Sentimientos ocultos, pasiones prohibidas

Mensaje por makino tsukushi el Sáb Dic 20, 2008 6:26 am

Es mi primera novela, y se que tiene errores. Espero que lo disfruten ^^

Capítulo 1. La propuesta


Llevaba varias semanas buscando trabajo sin ningún resultado favorable. La poca demanda del mercado laboral, sumada a su poca experiencia, le complicaba mucho la situación, pero aun así no iba a darse por vencido. Necesitaba con desesperación encontrar un trabajo.
Elías tenía veinte años; físicamente, medía un metro setenta, y sus cabellos, que caían en un corte rebajado sobre sus hombros, eran de un color castaño claro, al igual que sus ojos. Su familia estaba compuesta por su madre, una hermosa mujer de cuarenta y cinco años de edad, y por sus dos hermanos pequeños.
Se sentó en uno de los bancos de la plaza ubicada frente al obelisco, el monumento más representativo de la ciudad de Buenos Aires, de visita obligatoria para cualquier turista que pasara por la cosmopolita y siempre despierta capital argentina. Con un movimiento lento se peinó el cabello hacia atrás con la mano. Estaba realmente cansado. Su día, al igual que el de muchos de los transeúntes, había comenzado muy temprano. A las siete de la mañana en punto, con los avisos clasificados bajo el brazo, había salido de su casa. Vestido con un elegante traje negro, zapatos de cuero, camisa blanca y corbata marrón, formó pacientemente interminables filas junto a otros jóvenes postulándose para diferentes puestos de trabajo: cajero para una importante cadena de supermercados, promotor para una empresa de televisión por cable, empleado para una casa de comida rápida y otros puestos similares.
Todas las entrevistas eran iguales: el jefe de personal hacía un par de preguntas sobre sus trabajos anteriores y sus estudios, después recibía una breve explicación acerca del puesto que le estaban ofreciendo, para luego terminar con la promesa de que se comunicarían en el caso de que hubieran decidido contratarlo.
Consultó la hora en su reloj pulsera y luego abrió nuevamente los avisos clasificados. Había asistido a cuatro de los seis anuncios que había marcado y todavía tenía tiempo para una entrevista más. Tras decidirse por el anuncio de la importante tienda de ropa J&E, en la que pedían vendedores, se puso en marcha dirigiéndose a la dirección que figuraba en el diario.
El edificio, un moderno y sencillo ejemplar de arquitectura contemporánea, contaba con dos pisos cuyas ventanas de vidrios espejados impedían ver el más mínimo movimiento en su interior. La puerta principal, un enorme bloque de vidrio doble, estaba custodiada por dos altos y uniformados guardias de seguridad de aspecto serio y amenazador.
Por dentro el lugar era bastante amplio y agradable. Una veintena de sillas tapizadas en color azul conformaban la sala de espera, donde alrededor de once jóvenes esperaban ser atendidos. Frente a ellos la recepcionista, una mujer de unos treinta años de edad, hablaba pacientemente por teléfono.
Mientras esperaba a que la recepcionista concluyera su llamada telefónica, pudo observar un sinnúmero de cuadros con conocidos modelos, luciendo prendas de vestir exclusivas de la empresa, los cuales adornaban armoniosamente las blancas y relucientes paredes de la enorme sala.
—Disculpa la demora —dijo la recepcionista tras finalizar su charla telefónica—. ¿En qué te puedo ayudar?
—Vengo por el aviso del diario.
—Sí. —La mujer le extendió un formulario—. Tenés que llenar este formulario con tus datos y esperar a que te llamen.
—Gracias. —Elías tomó el papel que le extendía para luego agregar—: Disculpa que te moleste pero, ¿podrías decirme dónde está el baño?
—Sí. —Levantó la mano para señalar un pasillo que se extendía justo detrás de la sala de espera—. Es la segunda puerta de aquel pasillo
—Gracias. —Sonrió agradecido y, siguiendo las instrucciones que le había dado, se dirigió hacia el pequeño pasillo con pasos firmes.
Un fuerte olor a desinfectante mezclado con desodorante de ambiente lo invadió ni bien entró al baño.
Dirigiéndose a una de las piletas abrió el grifo y dejó que el agua corriera entre sus dedos; luego, con un movimiento lento y cansado, se mojó la cara y el cabello.
Aunque apenas eran la doce del mediodía, estaba realmente agotado tanto física como mentalmente. Tenía un enorme deseo de dormir, dormir y no despertar por un largo tiempo, pero eso no solucionaba en nada sus problemas. Cerró el grifo y luego tomó una toalla de papel y se secó el rostro.
—Tengo que seguir —pensó. Tiró la toalla en el cesto de la basura y acto seguido se dirigió a la puerta, mas una voz a sus espaldas lo hizo detenerse.
—Disculpa. —Quizás por estar tan concentrado en sus propios pensamientos no se dio cuenta de que había alguien más en el lugar—. Te estás olvidando esto.
El desconocido le extendió los clasificados, junto con el formulario que le habían entregado en la recepción, y una pequeña agenda que siempre llevaba con él cuando salía en busca de trabajo. En su distracción había olvidado sus pertenencias sobre una de las piletas.
Unos pocos segundos le bastaron para poder observar bien al individuo. Era un poco más alto que él, de cabello corto y negro, ojos verdes y vestido elegantemente con un traje negro. Rondaba alrededor de los treinta años de edad o tal vez menos.
El desconocido agitó nuevamente los papeles ante sus ojos y Elías por fin se dignó a tomarlos.
—Gracias —musitó tomando la manija de la puerta.
—¿Estás por el aviso, verdad? —lo detuvo el desconocido.
—Sí.
—Que tengas suerte en la entrevista.
—Gracias. —Y saliendo del baño agregó—: La voy a necesitar.
En los labios del desconocido se dibujó una sonrisa, y sus ojos aún seguían mirando la puerta por la que segundos antes Elías se había retirado.


El hombre estudió en silencio la solicitud.
Se le notaba cansado, seguramente debido a la gran cantidad de entrevistas que había realizado ese día.
Eran cerca de las dos de la tarde cuando finalmente le tocó el turno a Elías.
—Bueno, Elías —dijo dejando la solicitud del joven sobre el escritorio—, en estos momentos necesitamos a nueve personas para cubrir los puestos de vendedores del nuevo local que se va a inaugurar dentro de dos semanas; por eso, es muy importante que tengas experiencia en el rubro ya que, con tan poco tiempo, no vamos a poder capacitarte —volvió a consultar la solicitud del joven para luego agregar—. Veo que trabajaste en varios lugares en forma temporal pero no tenés experiencia en este rubro.
Elías sólo se limitó a asentir con la cabeza ante tal afirmación.
—Lo único que puedo decirte es que voy a tener en cuenta tu solicitud, y en caso de que quedes seleccionado, mi secretaria se va a comunicar con vos dentro de cuarenta y ocho horas.
Cuando salió del despacho, Elías tuvo la certeza de que esa llamada nunca llegaría. Aun así no se desanimó. Sabía que tarde o temprano sus esfuerzos darían frutos.


Antonio Casini tenía más energía que cualquier jovencito de veinte, no aparentaba para nada sus cuarenta y siete años.
Era el más capacitado para hacerse cargo del departamento de recursos humanos de la empresa ya que contaba con veinte años de experiencia en la prestigiosa J&E, y cada vez que una sucursal iba a ser inaugurada su trabajo se triplicaba.
Una buena cantidad de currículums se encontraban dispersos por todo su escritorio, los cuales, luego de horas de meticuloso estudio, fueron a parar a uno de los cajones de dicho mueble quedando sólo nueve en su poder.
Cansado después de un largo día de trabajo, acomodó las fichas restantes dentro de una carpeta, en cuya etiqueta podía leerse el título de "nueva sucursal", y la dejó sobre su escritorio.
Miró nuevamente su elegante reloj pulsera para comprobar con desagrado que eran las tres y media de la tarde y aun no había almorzado.
Por su mente pasaron numerosos y deliciosos platillos: un pollo asado con papas fritas, una milanesa napolitana, unos ravioles con salsa y muchos otros iguales de apetitosos. Cualquiera le vendría bien; a esa altura del día y después de tanto trabajo se lo tenía bien merecido.
—Perdón. —Una voz conocida lo sacó de sus pensamientos—. ¿Te interrumpo?
—Joshua. —Sonrió al reconocer al actual dueño de la empresa e hijo de su fallecido amigo Roberto Reisig que lo observaba desde la puerta—. ¿Qué estás haciendo por acá?
El aludido entró al despacho y le entregó una pequeña bolsa de papel del cual se desprendía un sabroso y exquisito olor a comida.
—Espero que te guste el pollo asado y las papas fritas.
—Leíste mis pensamientos. —El hombre sonrió feliz—, con todo el trabajo que tuve hoy todavía no he tenido tiempo para almorzar. Gracias, mi estómago te está sinceramente agradecido.
—Supuse que todavía no habrías almorzado —concluyó divertido y se sentó en el asiento frente al escritorio—. ¿Cómo va la selección?
—Acabo de terminar con las entrevistas para el nuevo local y estaba a punto de entregarle los datos a Mirian para que se comunique con ellos. —Levantó la carpeta que minutos antes había ordenado para que el joven pudiera verla—. Si querés ver, acá tengo las personas seleccionadas —ofreció—, se lo iba a entregar a Mirian
Joshua tomó la carpeta y examinó una por una las solicitudes. Cada una de ellas traía una foto cuatro por cuatro de los futuros empleados junto con los datos personales de cada uno.
—Gabriel está terminando de armar la campaña publicitaria para el nuevo local —comentó al tiempo que le devolvía la carpeta—. Mañana sale la promoción en la prensa gráfica y, si todo sale bien, en dos días se verán los avisos en la televisión.
—No me cabe la menor duda de que la campaña va a ser un éxito.
—Sí, Gabriel tiene mucho talento para esas cosas. —Sonrió al recordar a su amigo—. Disculpa que te moleste, pero, ¿esos pocos empleados seleccionaste para la nueva sucursal? —preguntó señalando la carpeta sobre el escritorio.
—Sí —respondió un tanto sorprendido por la pregunta—, por ahora sólo vamos a necesitar a nueve personas, además de un encargado, por supuesto.
—¿Me podrías mostrar las fichas de los postulantes que descartaste?
Antonio lo miró algo extrañado, pero aún así sacó del cajón de su escritorio una considerable cantidad de fichas y se las entregó.
—¿Necesitas a una persona extra? —quiso saber—. ¿Querés que te ayude en algo?
—No te preocupes, no es nada importante —aseguró.
Analizó una por una las fotografías que iban junto a las fichas hasta que dio con la que le interesaba. El rostro congelado en la pequeña imagen del joven postulante irradiaba tal melancólica tristeza que por un segundo Joshua creyó sentir un extraño escalofrío recorriendo su columna vertebral. Una sensación rara.
—Este es —dijo en voz baja—, Elías Castizaga....
Poniéndose de pie le devolvió el resto de las fichas al jefe de personal dedicándole una leve sonrisa.
—Me voy a quedar con este currículum, si no tenés problema...
—Ninguno —cortó Antonio enseguida—, si necesitas que te ayude, estoy a tu disposición.
—Ya lo sé —dijo acercándose a la puerta—; cómete eso —señaló la bolsa de papel—, se te va a enfriar.
—Es verdad.
—Nos vemos —saludó saliendo del despacho.
Con pasos seguros se dirigió a la puerta de entrada al tiempo que marcaba un número en su moderno teléfono celular.
—Hola —saludó cuando por fin atendieron su llamada—. Javier, necesito que me hagas un favor, quiero que investigues a una persona —dijo mientras observaba la fotografía del currículum.
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Re: Sentimientos ocultos, pasiones prohibidas

Mensaje por makino tsukushi el Sáb Dic 20, 2008 6:31 am

La casa de Elías estaba ubicada en el tranquilo barrio de Villa Crespo; tenía tres habitaciones, además del living-comedor, la cocina y el baño. Había sido la única herencia que había dejado José Castizaga antes de morir.
Unos amplios y sencillos sillones decoraban el living junto al infaltable aparato televisivo. Las blancas paredes estaban decoradas con retratos familiares y unos pocos cuadros con diferentes paisajes. En ese lugar fue donde encontró al resto de la familia cuando regresó a su casa. Su madre Rita, una hermosa mujer de cabellos dorados y ojos marrones, y sus dos hermanos pequeños, Martín, que con sus nueve años era tan alto que Elías estaba seguro que en cualquier momento lo alcanzaría, y Susana, de siete, que con su belleza e infantil coquetería, estaba seguro de que en un par de años sería tan hermosa que irremediablemente tendría que custodiarla con una escopeta para evitar que cualquier estúpido baboso del sexo opuesto se le acercara.
—¿Cómo te fue? —fue la infaltable pregunta que le hizo su madre cuando lo vio entrar.
—Como siempre —suspiró dejándose caer en uno de los sillones—, tengo que esperar que me llamen.
—Ya vas a conseguir algo —lo alentó su madre poniéndose de pie y dirigiéndose a la cocina—. Voy a prepararte algo de comer, porque seguro que aún no comiste nada.
—Gracias.
Eso era precisamente lo que necesitaba: una buena comida preparada por su madre para recuperar toda su energía.
Sus dos hermanitos seguían mirando los dibujos animados en la televisión, y ninguno de los dos le prestó la más mínima atención.
La mesa ratona estaba repleta de una cantidad considerable de libros y cuadernos del colegio. Entre ellos sobresalían dos vasos vacíos con restos de chocolate y, completando tan desordenado y caótico cuadro, alcanzó a ver un plato con galletitas el cual se encontraba prácticamente vacío.
—Son sólo unos niños —susurró.
En algunas ocasiones no podía evitar sentir un poco de envidia por sus hermanos, ya que siendo tan pequeños ninguno de los dos tenía plena conciencia de los problemas y limitaciones económicas por los cuales estaba atravesando la familia. Esa, lamentablemente, era su responsabilidad. Era su obligación, su pura y exclusiva obligación.
En esos momentos entró su madre con un plato de fideos con salsa. Elías tomó asiento frente a la mesa del comedor, y mientras saboreaba el exquisito almuerzo observó a la mujer que lo había preparado. Sonrió. Era una promesa, lo había jurado, él se haría cargo de la familia.
—Es mi obligación —se recordó en voz baja.


Gabriel Delori era un hombre joven y bastante atractivo. Con sólo veintisiete años de edad, llevaba tres de ellos a cargo del área publicitaria de la cadena de tiendas de ropa J&E. Dueño de un hermoso y cuidado cabello rubio, el cual siempre llevaba corto y algo desordenado, y de unos hermoso ojos azules, solía dejar a más de una mujer suspirando a su paso.
Su oficina era grande. Sobre su escritorio había una computadora, un tablero de dibujo a un costado del lugar, y una pequeña y bien ordenada biblioteca junto a la ventana, la cual estaba repleta de copias en VHS y DVD de los spots publicitarios de años anteriores y de catálogos con fotografías de las diferentes temporadas.
Ubicada en el cuarto piso del edificio principal de la J&E, la oficina se encontraba a pocos metros de la que pertenecía al gerente y dueño de la empresa, Joshua Reisig, quien además de ser su jefe, era su mejor amigo.
—Definitivamente hoy no es mi día —suspiró cansado, y tiró sobre el escritorio una veintena de portafolios que había estado estudiando.
Tenía que armar la campaña de otoño-invierno y ninguno de los modelos encajaba con el perfil que estaba buscando.
Bueno, quizás después de un buen almuerzo las cosas se le harían más sencillas. Tomó su abrigo y el teléfono celular y salió de la oficina.
Al lado de la gerencia, sentada detrás de un escritorio marrón, la secretaria del gerente, una hermosa pelirroja de cabellos ondulados y dueña de un cuerpo escultural, tomaba nota en una pequeña agenda.
Vestida con una ajustada falda roja y un corsé que realzaba sus bien formados pechos, Paula, prestaba total atención a su trabajo. Joshua sí que sabía elegir muy bien a sus secretarias; además de bonita, la joven era muy inteligente.
Gabriel se detuvo frente al escritorio y aclarándose la garganta logró llamar la atención de la joven, que, dejando el bolígrafo suspendido en el aire, levantó la vista de su agenda y le miró a través de sus pequeñas gafas.
—Gabriel. —Sonrió— ¿Qué necesitás?
—Como necesitar, de vos, necesitaría varias cosas. —Sonrió seductor—. Pero, lamentablemente, esa alianza de casada que adorna tu mano izquierda me impide explayarme detalladamente sobre el tema: tu marido me mataría —aseguró sonriente.
—Dejate de joder. —Lanzó una carcajada divertida—. Y decime que andas buscando.
—A tu jefe, ¿a quién más? ¿Todavía está encerrado en su oficina?
—Sí, ¿querés que lo llame?
—No te molestes. —Se acercó a la puerta y apoyando la mano en el picaporte agregó—: Seguí con tu trabajo, yo voy a sacar a tu jefe de su rutina.
Concentrado en su computadora personal, Joshua ni siquiera levantó la vista cuando el rubio se asomó por la puerta.
—Se me antoja un buen plato de ravioles con salsa y una copa de vino tinto, y creo que a vos te vendría bien un menú igual —dijo Gabriel entrando con pasos seguros al despacho y sentándose en el asiento frente al escritorio.
Recién en ese momento el joven empresario levantó la vista del monitor y miró detenidamente a su amigo.
—¿Me estás invitando a comer?—bromeó Joshua apoyando la espalda en su cómodo sillón y apagando la computadora.
—Sos un cara rota, vos sos el jefe y yo un simple empleado. —Le señaló ofendido con su dedo índice—. Vos tendrías que pagarme el almuerzo.
—Está bien, está bien—. Levantó las manos en señal de rendición—. Yo te invito, pero que no se te haga costumbre —agregó divertido.
—¿Sabías que sos el mejor amigo del mundo? —dijo serio, aunque sus ojos lo miraban alegres.
—Cuando te conviene —contestó el empresario.
—Pero que mal pensado que sos. —Se cruzó de brazos haciéndose el ofendido.
—Dejate de tanto teatro, y contame como va la nueva campaña.
Esta vez la cara de su amigo se puso realmente seria; se peinó distraídamente sus cabellos hacía atrás y suspiró profundamente antes confesar sus preocupaciones.
—No muy bien. Ninguna de las ideas que tengo me parece demasiado buena, sin contar que ninguno de los modelos que me propusiste me convence.
—Si es por eso ya sabes que no hay problema, si preferís a otro modelo más conocido solo tenés que pedírmelo...
—No, no, todo lo contrario —aseguró—. En realidad había pensado en alguien totalmente nuevo: una cara diferente, alguien con un perfil más bajo, alguien sencillo con quien la gente común pueda identificarse. Ya sabés que J&E siempre ha tenido una clientela muy variada, desde gente con una nariz para arriba y bien estirada, hasta una persona común y corriente que apenas llega con las cuentas a fin de mes; pero la verdad es que en estos momentos mi cerebro no funciona muy bien que digamos. —Se puso de pie y agregó—: Quizás después de comer las musas decidan regresar...
—Entiendo tu indirecta. —Imitando a su amigo se incorporó de su sillón—. Vamos a comer.


—Te noto un poco distraído en estos días —comentó Gabriel después de que prácticamente hubiera devorado el plato de ravioles—. ¿Te pasa algo?
Joshua tardó unos momentos en contestar, pero cuando lo hizo su voz sonaba completamente sincera y segura.
—Nada en particular, quizá sea el trabajo
—O quizá sea una mujer. —Sonrió entusiasmado—. ¿O tal vez un hombre? —agregó sabiendo que su amigo era bisexual
—Dejate de tonterías —cortó molesto—. Mejor hablemos de la campaña que tanto te esta costando.
—No me cambies de tema. —De alguna manera sabía que su comentario había dado en el blanco—. Contame quién es el o la afortunada
Antes de que Joshua pudiera contestar su teléfono celular empezó a sonar. Con un poco de fastidio buscó el aparato en el bolsillo izquierdo de su saco y contestó.
—Hola Javier —guardó silencio para escuchar la voz al otro lado de la línea y luego de un rato habló—: Muy bien. —Sonrió satisfecho—. ¿Podrías pasar por la oficina esta tarde? Listo, gracias.
Tras la breve conversación cortó la comunicación.
—¿Acaso Javier no es ese amigo tuyo que de vez en cuando se dedica a la investigación privada? —preguntó Gabriel mirándolo a los ojos.
—Sí —contestó el empresario algo incómodo.
—Sé que me estás ocultando algo —dijo Gabriel después de un corto silencio—, pero, sé que tarde o temprano me voy a enterar. —Sonrió—. Por algo soy tu amigo.
Era verdad, pero por el momento no quería hablar; primero necesitaba poner en orden sus ideas.
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Re: Sentimientos ocultos, pasiones prohibidas

Mensaje por makino tsukushi el Sáb Dic 20, 2008 6:32 am

—¡Penal! ¡Eso fue penal! —Marco, un joven de cabello negro y largo el cual llevaba prolijamente recogido en una colita, golpeó con fuerza la pequeña mesa ratona frente al televisor evidenciando su total desacuerdo con el árbitro, que en esos momentos dirigía el partido amistoso que la selección argentina de fútbol jugaba contra su par brasilero.
—Es sólo un amistoso —Elías le pasó el mate recién preparado a su amigo.
El árbitro dio por finalizado el partido y un joven comentarista se dedicó a analizar las mejores jugadas del clásico sudamericano. Marcó por su parte, se dejó de insultar, y se relajó en el asiento con el mate en la mano.
—Bueno, mejor empatar que perder —suspiró con resignación el morocho al tiempo que se llevaba la bombilla a los labios y le daba una larga sorbida al amargo líquido.
—Menos mal que mi mama y mis hermanos no están, porque con el escándalo que armaste mi vieja seguro que te echa a la calle —bromeó.
—Cambiando de tema —dijo Marco mientras saboreaba el mate amargo—, ¿cómo va la búsqueda de trabajo?
—Igual. Todavía no encontré nada.
—Está jodido, pero bueno, todavía tenés la pizzería.
—Sí, aunque no gano mucha plata me ayuda con los gastos.
—Amigo, vos sí que la tenés difícil. —Pasando el brazo derecho por el hombro del castaño lo presionó afectuosamente—. ¿Y qué pensás hacer con la facultad? ¿Vas a retomar?
—No por el momento. Me gustaría mucho, pero aunque la facultad es gratuita siempre se necesita plata para los apuntes y los libros. Diseño grafico es una carrera cara —concluyó.
—Mira, si son por los apuntes yo puedo prestarte los míos y también los libros siempre y cuando te anotes en las mismas cátedras que yo.
—Gracias, lo voy a pensar, en una de ésas me anoté en una materia para el próximo cuatrimestre.
El timbre del teléfono interrumpió la conversación. Elías se acercó al aparato y contestó la llamada.
—Hola.
—Buenos días. —La voz suave y melodiosa de una mujer se escuchó al otro lado de la línea—. ¿Podría comunicarme con el señor Elías Castizaga, por favor?
—Soy yo. ¿Quién habla? —preguntó al no reconocer la voz de la mujer.
—Le hablo de la firma J&E, necesitaría que se presentara a una entrevista de trabajo mañana a las diez de la mañana. ¿Puede ser?
—Sí, no hay problema, ¿me pasa la dirección? —Apuntó la dirección en un pequeño anotador que había junto al teléfono y luego de despedirse colgó el aparato.
—¿Buenas noticias? —preguntó Marco detrás de él.
—Una entrevista de trabajo —afirmó sonriente.


A esa hora de la mañana en la que la mayoría de los porteños se dirigía al trabajo o a la escuela, la estación Malabia de la línea B del subterráneo era un vivo retrato de ello. Aquí y allá podían verse a hombres vestidos con elegantes trajes, portafolio en mano y teléfonos celulares de diferentes marcas, a mujeres vestidas cual secretarias ejecutivas con bonitas carteras de diferentes diseño, tamaño y color, y a niños y a jóvenes vestidos con uniformes de distintos colegios privados y estatales cargando enormes mochilas y numerosos libros y carpetas.
El subte hizo su entrada en la plataforma de la estación con un sordo y agudo ruido. Elías, junto con el resto de los pasajeros, subió en el vehículo, el cuál luego de pocos minutos reanudó su viaje.
Vestido con una camisa blanca, un pantalón de vestir negro y unos zapatos de cuero perfectamente lustrados, el castaño se acomodó la mochila que llevaba colgada en el hombro derecho, y después de un corto viaje de quince minutos descendió en la estación Carlos Pellegrini del subterráneo.
El edificio se encontraba a pocas cuadras del obelisco, muy cerca de donde le habían realizado la primera entrevista. Tenía alrededor de diez pisos, y en la cima podían verse unas enormes y elegantes letras J&E de color rojo que, seguramente, se iluminaban por las noches dándole un aire imponente al lugar.
Al atravesar la enorme puerta de cristal de la entrada, un guardia de seguridad lo saludó con una pequeña inclinación de la cabeza y después de responderle de igual manera Elías se dirigió a la recepción donde una hermosa morena lo recibió con una bonita sonrisa.
—Buenos días.
—Buenos días, mi nombre es Elías Castizaga, tenía una entrevista a las diez de la mañana.
La joven consultó la agenda que tenía sobre su escritorio.
—Sí —confirmó—, el señor Reisig lo está esperando. —Levantó la mano derecha y señaló los ascensores—. Tome el ascensor hasta el cuarto piso y pregunte por el señor Reisig.
—Muchas gracias.
Siguiendo las indicaciones de la joven, Elías tomó el ascensor y oprimió el botón número cuatro en el panel de control. Fue allí, en ese corto viaje hasta el cuarto piso, donde se dio cuenta de lo nervioso que estaba. Aun así cuando las puertas del ascensor se abrieron respiro profundamente, y con pasos firmes se dirigió hasta el escritorio de la secretaria aparentando una seguridad que lejos estaba de sentir.
—Buenos días, tengo una entrevista con el señor Reisig.
La secretaria levantó el tubo del teléfono y tras oprimir una tecla del aparato le informó a su jefe que Elías había llegado, para luego cortar y señalar una puerta doble de madera a su costado.
—El señor Reisig lo espera.
Sentado en un cómodo sillón de cuero negro, un joven de unos treinta años de edad manipulaba ágilmente el teclado de su computadora portátil y no parecía darse cuenta de la llegada del muchacho al despacho.
Elías cerró despacio la puerta y con pasos inseguros se acerco al escritorio del joven y esperó pacientemente a que éste le atendiera.
—Perdona la demora. —Después de unos eternos minutos el hombre apagó la computadora y le indicó un asiento frente al escritorio—. Toma asiento por favor.
—Gracias.
—Tu nombre es Elías Castizaga ¿verdad? —Dijo después de leer la ficha personal del joven—. Yo soy Joshua Reisig, presidente de la cadena de tiendas J&E. —Le tendió la mano y Elías la estrechó fugazmente—. Bueno, la entrevista que se te realizó anteriormente era para la nueva sucursal que estamos por abrir, pero según el jefe de personal no has quedado entre los seleccionados.
Esta noticia dejó totalmente desconcertado al muchacho. Desde un principio había supuesto que la entrevista estaba destinada a ofrecerle uno de los puestos de vendedor que le habían ofrecido en la entrevista anterior. Esto significaba que seguramente le iban a ofrecer otro trabajo o de lo contrario no lo habrían llamado.
—Bueno. —Se reclinó en su cómodo sillón y mirándolo directamente a los ojos habló—. Me tome la libertad de contratar a un investigador privado para que te investigara. —Señaló una carpeta en su escritorio—. En esta carpeta están los resultados de la investigación. —Ante esta afirmación, Elías abrió mucho los ojos, sorprendido; Joshua tomó la carpeta y comenzó a leer—. Tenés veinte años, vivís con tu madre y dos hermanos pequeños en una casa de Villa Crespo. Tuviste varios trabajos, pero todos temporales, actualmente estás trabajando en una pizzería tres veces por semana. —Lo miró nuevamente a los ojos y continuó—. Tu padre murió hace cinco años por un cáncer de pulmón, pero ahora tu verdadero problema no es éste…
Elías hizo un ademán por interrumpirlo pero el empresario levantó la mano evitándolo.
—Tu madre está enferma, muy enferma. Trabajaba como empleada doméstica por horas en varios lugares y con eso mantenía a la familia, pero la enfermedad del corazón que tiene le impide seguir haciéndolo con el mismo ritmo que antes. De hecho lo sigue haciendo, pero esta vez el dinero que gana no alcanza para cubrir los gastos de una familia con cuatro integrantes —suspiró—, y por supuesto con lo que ganas en la pizzería tampoco te alcanza. Estabas cursando primer año de diseño grafico en la UBA, pero tuviste que abandonarlo para dedicarte de lleno a buscar trabajo, podría decirse que en estos momentos estás hasta el cuello de deudas. En resumen, necesitas un buen trabajo diría yo —aseguró—. Como el mayor de los hermanos estás obligado a velar por el bienestar de la familia, aunque bien podrías lavarte las manos y no hacerte cargo de dicha responsabilidad, pero, es evidente que éste no es el camino que decidiste tomar. Yo diría, sin miedo a equivocarme, que serías capaz de cualquier cosa por tu familia.
Joshua hizo una pausa en su pequeño monólogo la cual aprovechó Elías para hablar.
—¿Cómo...? —preguntó entre sorprendido y molesto—. ¿Cómo es que sabe todo eso? ¿Con qué derecho se puso a investigar sobre mi vida? —Esta situación ya no le estaba gustando
—La razón por la que te investigue fue por que tengo una propuesta para hacerte —respondió tan tranquilo como si estuviera hablando del tiempo—. Y como comprenderás desde mi posición tengo que estar completamente seguro de las personas que me rodean —dijo justificando su acción, para luego continuar—. Es más que evidente que en la situación que te encontrás necesitas conseguir trabajo urgente.
Elías se removió incomodo en el asiento. El hecho de que aquel desconocido le hubiera investigado le ponía terriblemente nervioso y molesto. Aunque sabía de buena fuente que en algunas empresas, sobre todo las de más alto nivel, como en el caso de los bancos y las empresas recaudadoras de dinero, se acostumbraba a hacer cosas así, nunca se imaginó que en una empresa como ésa hicieran algo similar. Tampoco creyó que la investigación llegara hasta esos límites. Supuso que eran simples visitas en las que una trabajadora social llegaba a su casa para comprobar que los datos del futuro empleado fueran correctos.
Por otra parte, sentía una enorme curiosidad por la propuesta que el joven iba a hacerle. Al fin y al cabo, el empresario tenía razón. Necesitaba trabajo. Y por todas las molestias que se había tomado, el hombre parecía más que dispuesto a contratarlo.
El empresario se puso de pie y rodeando el escritorio se detuvo junto a Elías; éste ladeó la cabeza y alzó la vista para mirarlo directamente a los ojos.
—Te propongo que por el periodo de un mes —dijo tranquilo y sereno—, trabajes para mí.
—¿Y qué tendría que hacer? —preguntó un poco impaciente ante tanto rodeo.
—Tendrías que convertirte en mi amante —soltó tranquilo—. Te pagaría cinco mil pesos por semana....
—¿Qué...? —Elías se puso de pie molesto, no estando seguro de si sus oídos habían escuchado bien.
—Claro que si te parece poco puedo ofrecerte más dinero, vos pone la suma. No tengo ningún problema con el dinero y te aseguro que esto va ha resultar muy placentero.
—Es una broma, ¿verdad? —dijo tratando de controlarse ya que sentía unas ganas enormes de pegarle una piña a ese tipo.
—Para nada —aseguró—. Me interesas, y esta propuesta te conviene. Compartes la cama conmigo durante un mes y te llevas una plata que tardarías meses en reunir. Vos solucionas tu problema monetario y yo paso un buen momento.
—Lo siento pero se equivoco de persona —dijo retrocediendo unos pasos.
—No me equivoqué, es a vos a quien quiero y no me importa cual sea tu precio, sólo decímelo y lo pagaré.
—No me vendo —casi gritó—, eso es prostitución. Si tantas ganas tiene de acostarse con un tipo contrate a un taxi boy, seguro que le sale más barato y le proporciona todo el placer que necesita, a mí no me interesa esa clase de “trabajo”.
—No sé que es lo que te molesta tanto...
—¡La puta madre! —explotó—. ¡Me presento a una entrevista de trabajo y soy acosado por el presidente marica de la empresa! ¿Y todavía pretende que no me moleste? Es cierto que necesito dinero pero bajo ninguna circunstancia llegaría al punto de prostituirme para conseguirlo.
—Pensalo bien, sé que necesitas mucho el trabajo. —Joshua no parecía molesto por las palabras de Elías. Sacó una tarjeta del interior de su saco y se la extendió—. Me parece que ambos vamos a salir beneficiados. Te puedo asegurar que lo vas a disfrutar tanto como yo. Cuando lo hayas pensado mejor, llámame. Vale la pena el sacrificio, ¿no? —susurró sereno—. ¿O es que acaso tu familia no lo vale? Te aseguro que podrías ganar mucho dinero y tener mucho placer también, ¿tu tonto orgullo de macho te impide pensar más en vos que el bien estar de tu familia? —concluyó tranquilo.
A Elías le dolió esta última observación porque sabía que en el fondo lo que más le importaba en esos momentos era, justamente, su familia.
—¿El hecho de hacerlo con un hombre te molesta? —preguntó—. Te aseguro que te va gustar —dijo sensual.
Elías cerró fuertemente los puños y suspiró antes de contestar.
—No necesito pensar nada —dijo haciendo oídos sordos a los comentarios hirientes, y, rechazando la tarjeta que el empresario aún le extendía, se dirigió con pasos firmes a la puerta—. Mi respuesta es no. La próxima vez que quiera hacer perder el tiempo a alguien búsquese a otra persona. El hecho de que tenga mucho dinero y el que yo, en cambio, lo necesite con desesperación, no le da derecho a querer aprovecharse de la situación y pensar que todas las personas tienen precio. Aunque en su reducido cerebro no le entre la idea, todavía hay gente que prefieren trabajar decentemente para poder vivir. —Tomó la manija de la puerta—. Yo soy una de esas. Es realmente triste que, teniendo tanto dinero, tenga que comprar a las personas para poder complacer sus retorcidos vicios. Pero bueno, bien dicen que el que tiene plata hace lo que quiere y estoy seguro que encontrará a alguien que esté dispuesto a seguir su jueguito. —Hizo una reverencia antes de agregar—. Lamento no poder ayudarle en eso. —Y sin volver la vista atrás, salió de la habitación.
El joven empresario esbozó una pequeña sonrisa mientras su vista seguía clavada en la puerta de su despacho.
—Me gusta —aseguró en voz baja—, creo que va ha ser mas difícil de lo que pensaba.


Continuará...
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Re: Sentimientos ocultos, pasiones prohibidas

Mensaje por makino tsukushi el Sáb Dic 20, 2008 6:36 am

Es algo larga llevo escrito mas de 20 cap y subidos 19 les dejo el link de Amor yaoi ^^.
Advierto que esta ambientada en Argentina y tiene un poco de localismos (no muchos) Besos, Makino Tsukushi.

http://amor-yaoi.com/fanfic/viewstory.php?sid=25595&index=1
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