Navegación
 Portal
 Índice
 Miembros
 Perfil
 FAQ
 Buscar
Últimos temas
» Angel Kid(Nc-17)
Miér Mayo 27, 2009 8:00 am por Karuroruso

» Sometimes (advertencia: lemon) (cap 1)
Sáb Mar 28, 2009 7:16 pm por lyra

» Believe... in dreams
Miér Mar 04, 2009 10:48 pm por Deivid

» FUEGO EN EL PARAÍSO, SEGUNDO PLAZO.
Jue Feb 26, 2009 7:45 pm por Sei-chan

» CONDENADA A SEGUIR SOÑANDO
Miér Feb 18, 2009 1:19 pm por Khira

» mis creaciones
Mar Feb 17, 2009 10:17 am por Karuroruso

» mis creaciones
Mar Feb 17, 2009 10:15 am por Karuroruso

» Ciudad Mágica ;)
Lun Feb 16, 2009 9:39 am por Karuroruso

» HUMAN BEHAVIOUR [postales/banners]
Lun Feb 16, 2009 9:24 am por Karuroruso

» Los garabatos de Psique
Lun Feb 16, 2009 9:15 am por Karuroruso

Buscar
 
 

Resultados por:
 


Rechercher Búsqueda avanzada

Nuestras webs amigas

No Tan Ocultos (1)

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

No Tan Ocultos (1)

Mensaje por Nimphie el Vie Jul 04, 2008 11:15 pm

Slash
No tan ocultos
Género: Romántico, Angustia
Advertencias: lemon, prostitución, shota, muerte de un personaje



NO TAN OCULTOS



Sean bienvenidos, y no bromeo, a uno de los rincones más miserables y despreciados de la Ciudad de Buenos Aires. Dejen que me presente: me llaman Rambo y, si hablamos de parámetros humanos, supongo que entonces tengo muchos años y ya soy un anciano. Mi única compañía es Gonzalo, ese chico que ven ahí, sentado sobre las baldosas húmedas. Gonzalo tiene quince años, de eso estoy muy seguro. Los cumplió un lunes hace un par de meses y el único regalo que recibió fue una bolsita de caramelos del padre David, el párroco de la Iglesia de la villa. Dije «el único» porque supongo que mis lamidas y mis festejos no le significaron un obsequio demasiado importante. Sí, soy un perro, pero eso no me hace ajeno a todo lo que ocurre a mi alrededor y me enorgullezco al estar mucho mejor informado que la mayor parte de este bendito país en el que me tocó nacer.
Ese lunes Gonzalo todavía no había conocido a Javier. Y, en el fondo, creo que fue una lástima. ¡Habría matado para que al fin mi Gonzalito tuviera un cumpleaños decente! Y con lo de decente no me refiero a los globos, a las tortas y todas esas boludeces que nunca faltan en las fiestas los chicos de afuera. Yo habría sido feliz sólo de verlo feliz a él y estoy seguro de que Javier habría sido el mejor regalo de cumpleaños que la vida le podría haber dado.
Llegó tarde, pero llegó. Sucedió una noche, hace un poquito más de un mes. Gonzalito estaba acurrucado en un árbol conmigo a su lado, acariciándome el lomo. Escuché que le silbaba la pancita del hambre y me sentí la peor mierda del mundo: me había comido con tantas ganas el pedazo de menudo que me habían tirado esa tarde en la carnicería que ni siquiera pensé en que a mi Gonzalito le habría venido mucho mejor... Aullé de pura congoja y él me miró, triste, con esos ojos tan suyos y tan lindos. Porque sí, a pesar de que es toda una rareza por estos lugares, él tiene los ojos claros y la piel blanquita y llena de pecas. Y no me entiendan mal, lo que pasa es que acá la mayoría de las personas son morochas y de piel mate. La mitad de los que viven en este lugar son argentinos, muchos de las provincias, y el resto, paraguayos, bolivianos y etcétera.
Como les decía, Gonzalo me miró y me dijo:
—¿Qué tenés, Rambo? Miráte que no hay nada pa que morfés...
«Ya lo sé, Gonzalito. Lloro solamente porque sé que vos tenés más hambre que yo y porque la carne de perro viejo debe tener un sabor a mierda que ni te cuento...»
Entonces Gonzalo se levantó y caminó sin rumbo por un rato. Yo le seguía de muy cerca, rogándole a Dios para que no nos encontráramos con algún pibe drogado. Pero entonces comencé a ladrar. Sabía muy bien hacia donde estábamos yendo y cuando tuve la certeza, mis ladridos se transformaron en aullidos desconsolados. Debí haber lucido patético y es que a pesar de ser callejero tengo mi orgullo.
Habría querido morderlo o arrastrarle de la capucha de la camiseta, pero me refrené porque primero, no podía morderlo ya que no estaba —ni estoy— vacunado; y segundo, tampoco me sentía capaz de arruinarle la poca ropa que tenía.
—Dale, calláte, Rambo, no seás pelotudo...
No era la primera vez que Gonzalito hacía eso. Si mal no recordaba, esa sería la tercera. Sin mirar a ninguno de los chicos ni a las chicas que estaban ahí, apoyados en esa pared sucia y húmeda, caminó ligerito y con las manos en los bolsillos hasta encontrar un hueco donde apoyarse él. Se cruzó de brazos y aguardó.
No tuvo que esperar mucho. Apenas habían pasado unos cuarenta minutos cuando un señor pasó con el auto a dos por hora, mirando con atención los chicos y chicas. Las muchachas sonrieron seductivamente y una que otra le saludó con la mano, para que el caballero notara su presencia. Pero el tipo, luego de un par de minutos de examinar detenidamente la mercadería ofrecida, le hizo una seña a Gonzalito para que se acercara.
—Un pete, veinte pesos sin forro —soltó mi nene como si nada, apoyándose en la ventanilla y yo sentí que me moría de la vergüenza. ¿Por qué tenía que hacer esas cosas para que pudiéramos comer? Y parte de eso era culpa mía, porque yo, en cierto modo, era una carga para él. Pero, por otro lado, yo lo cuidaba, yo era el que ladraba alejando a los pibes falopeados cuando se acercaban para ofrecerle la merca.
—Está bien, subí —respondió el cliente, algo sorprendido por la desfachatez del chico. Yo pensé, consternado, que veinte pesos no serían nada para un tipo con semejante auto. Un vuelto—. ¿Y este perro? —preguntó, refiriéndose a mí.
—Es mío.
—Parece que quiere subir —comentó él, divertido. Gonzalito me miró, triste, y yo vi desaparecer su carita justo cuando el semáforo cambió de color. Muerto de terror, corrí desesperadamente detrás de ese coche.
El tipo paró el auto, luego de casi diez minutos de carrera que me parecieron eternos. Fatigado y a punto de desmayarme de puro agotamiento, me tiré en la vereda. Estábamos lejos de la villa.
—Te siguió todo el camino —dijo el tipo sorprendido y con voz suave—. Tsss, perrito —me susurró. Yo le gruñí, con las escasas fuerzas que me quedaban—. Apaa...
—No muerde —lo tranquilizó Gonzalito.
«Todavía», pensé. Entonces el cliente salió del auto y yo vi que no era un tipo tan viejo... Todo lo contrario: era muy joven. Debía tener unos veinticinco años, más o menos. Y estaba vestido sencillamente pero con ropa muy limpia y bien planchada. Seguramente tenía plata. Seguramente tenía en su casa una de esas máquinas que lavan la ropa solas. Seguramente... muchas cosas.
Miré a mi alrededor, jadeando de lo cansado que estaba y con la lengua afuera, como siempre. No sabía dónde estábamos, pero pude ver que era un parque muy lindo, lleno de árboles y plantas que ocultaban más o menos bien a cualquier persona que pasara por ahí. O a cualquier auto que estuviera estacionado.
Gonzalito se acercó y me acarició.
—¿Cómo te llamás? —le preguntó el hombre.
—Gonzalo —respondió él, un poco sorprendido. Yo también me sorprendí. Nunca le habían preguntado el nombre.
—¿Cuántos años tenés?
Gonzalito lo miró, frunciendo el gesto.
—¿Por qué, sos cana?
—No —dijo el tipo—. Soy estudiante de arte. Me llamo Javier —Gonzalito se encogió de hombros. El nombre de su cliente de esa noche le importaba tan poco como a lo que fuera que se dedicara—. Sos muy chico, ¿no?
—¿Y a usté qué le importa? —se quejó. El hombre, Javier, lo contempló un poco extrañado—. Tengo quince —contestó al fin, casi como disculpa.
—¿Quince?! —exclamó el cliente, horrorizado y Gonzalito se sobresaltó—. ¡La puta...!
—¿Qué pasa? —replicó mi nene, confundido.
—No... no pensé que fueras tan chico. Pensé que tenías diecisiete o...
—Sí, parezco más grande, ¿no? —susurró Gonzalo, muy bajito, acercándose a él.
Sí, yo tenía que admitir que para alguien que se había prostituido sólo dos veces, Gonzalo sabía hacer las cosas bastante bien. Y eso, sumado a que Javier ahora parecía algo incómodo, supongo que fue lo que le hizo comenzar a portarse como una puta regalada.
—Ehh... pará, nene...
—¿Qué te pasa? ¿Si cuando me viste te gusté en seguida? No te preocupés, dale... —dijo Gonzalo y le vi guiñarle un ojo. El semblante del hombre se tranquilizó un poco.
—¿De verdad?
—Sí, obvio.
Javier sonrió, aliviado y sumamente complacido.
—Bueno, entonces... supongo que está bien...
—Más que bien.
Los vi entrar al auto de nuevo y tuve que seguirles casi arrastrándome cuando volvieron a trasladarse sobre esas cuatro ruedas condenadas. Por suerte, las cuatro ruedas se detuvieron sin mucho andar, entre unos arbolitos y unos matorrales. Me tumbé otra vez.
Ahora bien. El hecho de que los caninos tengamos un oído muy desarrollado me había sido de extrema utilidad muchísimas veces, pero créanme que esa noche lo odié. Sentí vibrar las puertas del auto. Javier salía del asiento del conductor, para pasarse a la parte de atrás.
—Qué lindo que sos —le dijo a Gonzalo. Percibí el suave y delicado choque de las pieles, fundidas en una caricia. Y luego oí ese a la vez repugnante y supongo que erótico sonido que hacen las bocas y las lenguas cuando se encuentran en un beso. ¿Qué pasaba ahí adentro? ¡Gonzalito nunca había besado a nadie! ¡Ni siquiera a mí! ¡Y menos a un perfecto desconocido! Varios minutos duró ese curioso intercambio de lenguas y saliva. Yo lo encuentro verdaderamente asqueroso... aún así, estoy seguro de que para los seres humanos debe resultar algo agradable. Caso contrario, no lo harían.
Reprimí un aullido de lástima. Escuché un cierre deslizándose y seguidos roces de tela y manos. Y después, otra vez, los ruiditos de la saliva y de la lengua moviéndose dentro y fuera de la boca. Qué asquerosidad. Ya habían empezado y supuse que sin condón porque no había oído ningún envoltorio rasgándose.
—Ahh —jadeó Javier. Yo me estremecí de pavor...



No supe el motivo hasta que él apareció de nuevo. Sí, estábamos caminando otra vez hacia esa calle. Pero, ¡¿por qué?! ¿Por qué Gonzalito tenía que prostituirse otra noche más en esa semana, siendo que el día anterior había recibido casi el doble por aquella labor bucal? Porque no habían pasado de eso, Gonzalo lo había dejado claro y Javier había aceptado. Sin embargo, habían jugado bastante. Yo, hasta esa noche, jamás había oído gemir a Gonzalo. Había sido horrible para mí, bochornoso para ser exactos.
—Hola, Gonzi —lo saludó Javier, con una sonrisa, bajando del coche—. Hola, Rambo —me dijo a mí y esta vez no le gruñí—. Le traje algo a Rambo.
—¿Qué? —preguntó Gonzalito.
—Comida —respondió—. Pero se la voy a dar... si vos me das un beso.
Gonzalito le sonrió y bajó la mirada, avergonzado. Entonces se puso en puntitas de pie y le dio a Javier un piquito en los labios.
—Chee, ¿qué fue eso...? —y entonces Javier lo agarró de la cintura y, literalmente, le comió la boca en frente de todos los chicos y chicas que estaban ahí.
«¡No miren, carajo!», quise poder gritar. No me gustaba nada lo que estaba pasando...



La comida había resultado una perfecta y auténtica mierda. Era un paquete de esas galletitas horribles que comen los perros finos y que duermen en esas casitas ridículas. Una porquería, verdaderamente, pero la vida me había enseñado a no ser desagradecido y me los comí igual sin quejarme de nada. De todas formas, con el paso de los días empecé a acostumbrarme a esa dieta vegetariana. Javier venía todos los días y se llevaba a Gonzalo por ahí, a veces a comer una hamburguesa y a veces a que le comiera la p... bueno, sí, a eso.
Empezaba a preocuparme por mi Gonzalito. Se portaba raro. Le pedía permiso al padre David para que le dejara ducharse en el bañito de la iglesia, se sacaba la mugre de las uñas con una moneda de un centavo, se cambiaba de ropa casi todos los días... incluso se ponía desodorante.
Con respecto a mí, creo haberles dicho que soy un perro viejo... y sí, estoy bastante desgastado por la mala vida, el frío y las calles. Estoy enfermo, pero no quiero demostrárselo a Gonzalo. Últimamente se ve tan alegre, tan vivo, que lo último que quisiera es tener que preocuparle con mis problemas de perro moribundo. Y es que estoy tan acostumbrado a cuidarlo que no quiero ni pensar en el día en que él tenga que cuidarme a mí. No es mi deseo ser una carga. Pero tampoco quiero irme tan pronto... todas las noches le ruego a Dios por un día más de vida, le pido al padre del cielo que no me lleve sin antes estar seguro de que mi Gonzalito va a estar bien. Tengo muchísimo miedo. Miedo de lo que ya sé, miedo de ver que Gonzalo está cada día más enamorado de ese hombre. Y no lo culpo. No parece mal tipo, es joven y además tiene plata. No es un modelo de tapa de revista pero creo que para Gonzalo debe tener su atractivo. Si no fuera así, supongo que no disfrutaría tanto al tener sexo con él. Yo sé que para los humanos el tema del sexo tiene que ver con el amor mutuo y la entrega; a veces es una necesidad, un desahogo.


Última edición por Nimphie el Vie Jul 04, 2008 11:17 pm, editado 1 vez
avatar
Nimphie
Coleccionista de ukes
Coleccionista de ukes

Cantidad de envíos : 217
Edad : 28
Localización : Arkham Avenue
Fecha de inscripción : 29/06/2008

Ver perfil de usuario http://xlash.mejorforo.net

Volver arriba Ir abajo

No Tan Ocultos (2)

Mensaje por Nimphie el Vie Jul 04, 2008 11:17 pm

No piensen mal cuando hablo de la plata de Javier. Entiéndanme: no puedo evitarlo. Todo lo que hemos sufrido Gonzalito y yo gira alrededor del dinero. Lo único gratis que tenemos es el aire que respiramos y, obviamente, con eso no basta. También hay que comer. Y no olvido que fue ese el motivo que arrastró a mi nene a esa calle donde apareció Javier por primera vez.
Pero ahora mi Gonzalito está ahí, sentado sobre las baldosas mojadas, esperando a alguien que tal vez no llegue nunca. Ese alguien es Javier, por supuesto. Javier, veintitrés años, estudiante de bellas artes, metro ochenta y pico, piel clara, ojos y pelo oscuros. Y ahí ven a Gonzalo. Gonzalo, quince años, huérfano, metro sesenta y varios, piel clara, ojos llorosos.
«Ya va a venir, Gonzalito», quisiera decirle. Quisiera decir, quisiera gritar tantas cosas. Quisiera enfrentarme cara a cara con ese Dios al que a veces le rezo, para suplicarle, no... ¡para exigirle que Javier aparezca de una vez! Y para rogarle que no me lleve todavía, por favor, porque no quiero morirme aún. Quiero ver a Gonzalito ser feliz.
—Ehh, Rambito, ¿por qué chillás?
«Lloro porque al fin pensé que te podía dejar, que al fin iba a poder descansar en paz. Pero no. Y no me malentiendas, Gonzalito, no es por mí.»
—¡Gonzi!
Ese grito, ¡Dios, es como una música para mis oídos! Gonzalo se levanta de un salto y corre hacia el auto, muerto de felicidad. Y yo también estoy así, muerto de felicidad. Casi.
—Che... ¿qué le pasa a Rambo que no viene a saludar?
—¡Está enojado con vos porque llegaste tarde!
La cara de Javier se ilumina. Y le sonríe a Gonzalo. Lo toma de la cintura y le da uno de esos besos que lo dejan descolocadito.
—¿Vamos, bebé?
—¡Sí!
Se suben al auto.
—¡Vení, Rambo! —grita Javier, chiflándome—. ¡Subí! —no necesita decírmelo dos veces. Saco fuerzas de no sé dónde, camino unos pasos, apoyo las patas en el asiento de atrás y me impulso hacia el interior del coche. La pucha. Entonces así es un auto por dentro. ¿Serán todos así de fresquitos? Y es que el calor que hace en la ciudad no se soporta... ¿O será que yo tengo fiebre?
—¿Por qué viene Rambo? ¿No estarás pensando cosas raras, no? —dice Gonzalito, haciéndole caritas a Javier. Guau. Jamás vi a Gonzalo así, tan lindo, tan contento. Y ahora, cuando lo miro coqueteándole a Javier, no puedo más que agradecerle a Dios el haberme comido esa tarde ese pedacito de menudo que me tiraron en la carnicería.
—¡¿Qué decís, nene?! —se queja Javier, juntando las cejas y tirándole de los cachetes. Cuando el semáforo cambia, vuelve a tomar el volante—. No. Hoy te voy a llevar a mi casa. A mi departamento, digo.
—¿Te mudaste, Javi? —Javier ya es Javi. Lo es hace más de dos semanas.
—Sí.
Yo paro la oreja.
—¿Te acordás que te conté que se había armado quilombo en mi casa porque le dije a mi abuelo que soy gay?
—Sí.
—Bueno, se lo contó a mi viejo y el forro me echó.
—Uh... qué mal.
—La verdad es que a mí me chupa un huevo, es mejor así —dice, girando apenas para mirar a Gonzalo—. Le conté de vos.
—¿Cómo?
—Sí. Me revisó el celular y vio las fotos tuyas, ¡jajaja! ¡No sabés cómo se puso! Me preguntó quién eras y yo le tuve que decir.


El edificio de departamentos donde vive Javier tiene estacionamiento privado. Estuvimos esperando a que la puerta le permitiera el acceso y luego de que el hombre ubicara su coche entre dos automóviles casi tan impresionantes como el suyo, salimos por una puerta lateral. Ahora estamos en el ascensor. Es la primera vez que subo a uno.
—Vivo en el noveno piso, ¿te dan miedo las alturas?
Gonzalito se encoge de hombros, haciendo un puchero que dice que no lo sabe. Y claro, lo más alto que mi nene ha subido en su vida son las hamacas de la placita de la villa. Y no, por lo menos a las hamacas él no les temía. La puerta del ascensor se abre solita y nosotros nos bajamos. De una casa sale una señora muy elegante y saluda a Javier con un sonriente:
—Buenas noches —contempla a Gonzalo con curiosidad. Baja la mirada y a mí me mira con asco. Intento no gruñirle. Está bien que soy viejo, está bien que soy callejero y está bien que estoy un poco sucio... pero no me arrepiento de nada porque si no hubiera nacido en la calle jamás habría conocido a mi nene.
—Buenas noches —responde Javier.
—Hola —susurra Gonzalo con timidez.
—Es acá, bebé —dice Javier, señalando una puerta. Yo miro a la señora, que ahora está en el ascensor. Le veo fruncir el ceño—. El efe.
Se nota que se acaba de mudar. En todas partes hay cajas y cosas tiradas. Veo libros y cuadernos, un par de zapatillas, una mochila. Veo una televisión tan finita como una hoja de papel, un equipo de música, un teclado de computadora. Veo tantas cosas que me siento mareado.
—Perdón, esto es un quilombo... mirá: ahí está la cocina. No compré la heladera todavía. Este es el dormitorio.
¡Y qué dormitorio! ¡Parece un palacio! Tiene una cama grande, de esas en las que caben varias personas, una mesita de luz a cada lado, un armario que ocupa toda una pared, la computadora a la que le falta el teclado y una mesa, supongo que para la televisión...
—Lindo —susurra Gonzalito.
—¿Tenés hambre? —le pregunta Javier como si nada. No creo. Acaba de comerse dos hamburguesas en un McDonald's.
—No...
—¿Qué pasa? —dice Javier. Guau, qué bien lo conoce, me sorprende. Se da cuenta de que quiere decirle algo...
—¿Me puedo bañar, Javi? Hoy no había agua —o pedirle algo. Y lo hace con esa vocecita tan lastimosa y provocativa a la vez que yo suelto un quejidito de lo incómodo que me siento. Miro a Javier. Él está con sus oscuros ojos en los de Gonzalo... lo contempla, se muerde el labio de abajo. Yo ya conozco ese gesto. Se lo he visto muchas veces cuando se lleva a Gonzalo para tener sexo. Gracias a esa expresión me doy cuenta de cuando van a comer, o al cine o cualquier lado... y cuando van especialmente a eso.
—Sí, obvio —se apura a responder Javier—. Está ahí. Tenés jabón, champú, toalla, todo... y hay una bata, usála.
—Okay, gracias.
Estoy a punto de meterme en el baño con él, pero el mocoso me cierra la puerta en la cara, o mejor, dicho, en las narices. Entonces sólo me puedo quedar acá en el dormitorio, con Javier. Me echo en el suelo, como siempre y Javier se tira en la cama, de espaldas. Suspira y yo me preguntó en qué estará pensando. Sé lo que va a pasar a continuación, cuando Gonzalo salga del baño. Va a suceder lo de siempre, lo que pasó en el auto aquella primera noche, lo que viene pasando tres o cuatro noches por semana desde ese día. Pero ¿y si Javier quiere más? Es un macho, un hombre, digo. Y Gonzalo también. Es normal que deseen más de lo que vienen haciendo. No son chicas, no se andan con remilgos.
¿En qué estará pensando Javier? No se mueve, no dice nada. Tiene la mirada clavada en el blanco techo y todo el largo cuerpo estirado en esa cama enorme, de cobertor oscuro y sábanas claras...
¡Pucha, cómo me gustaría poder hablarle! Le preguntaría en qué piensa, le preguntaría qué va hacer con Gonzalito cuando salga del baño, le preguntaría qué va a hacer con Gonzalito las noches que siguen... le preguntaría si está enamorado de Gonzalito y si piensa sacarlo de la villa de una puta vez. Porque eso es lo que yo más deseo: que Gonzalo no viva más ahí, en ese lugar horrible, sucio, oscuro, lleno de privaciones...
Escucho el sonido de la ducha menguar hasta desaparecer. Entonces me sobresalto porque Javier se incorpora y comienza a desabrocharse la camisa, lentamente. Y se la saca, quedando sólo con los jeans. Oigo la puerta del baño abrirse.
—¿De quién es esto? —pregunta la voz de Gonzalo. Javier le contempla embobado antes de responder, con una inevitable sonrisa:
—De Valeria.
—¿De tu hermana? ¿Y por qué la tenés vos? —Javier repite la mueca reveladora.
—El otro día se la vi puesta y me la quedé mirando. Entonces ella me preguntó si me había vuelto hetero de golpe y yo le dije que no, que nada que ver, que me estaba imaginando a Gonzi con esa bata puesta. Ella me preguntó que quién era Gonzi y yo le dije que Gonzi es el chico que me gusta. Entonces ella se rió como la tarada que es... y me la regaló.
avatar
Nimphie
Coleccionista de ukes
Coleccionista de ukes

Cantidad de envíos : 217
Edad : 28
Localización : Arkham Avenue
Fecha de inscripción : 29/06/2008

Ver perfil de usuario http://xlash.mejorforo.net

Volver arriba Ir abajo

Re: No Tan Ocultos (1)

Mensaje por Nimphie el Vie Jul 04, 2008 11:19 pm

Si pudiese reír como se ríen los humanos, me reiría y mucho. Me reiría de, primero: la cara de Javier, y, segundo: de ver a Gonzalo vistiendo esa bata de mujer, de tela muy brillante. Le queda bien, supongo, porque Javier le observa atentamente, como si estuviese mirando la cosa más linda del mundo.
—Sos precioso —susurra. Y me alarmo al notar el evidente dejo de deseo en la voz. Gonzalito le sonríe como toda respuesta y se acerca a la cama. Se sube, de rodillas, y Javier tironea con una mano de la cinta que ata el frente de la bata. La prenda se abre en dos, dejando ver el pálido pecho de Gonzalo, húmedo, perlado de gotitas. Aún no estando a su lado puedo oler el dulce aroma que desprenden su piel y su pelo recién lavados—. Sos muy muy lindo... —noto que a Javier se le quiebra la voz.
Gonzalo se acerca a él y Javier le agarra de la cintura para atraerlo a su cuerpo. Gonzalo lo rodea con sus bracitos y se deja besar. Otra vez esos sonidos, el de las lenguas mojadas, los labios ansiosos, las caricias frenéticas. Javier mete las manos debajo de la bata y roza la piel desnuda, fragante a jabón. Siguen así, simulando comerse, mordiéndose, chupándose. Caen sobre la cama, Gonzalo arriba, y comienza un ondulante desplazamiento por el cuerpo de Javier, recorriendo con la punta de los dedos los hombros, el pecho, el vientre, el pubis. Se inclina, acaricia con la nariz y la respiración el pubis, el vientre, el pecho, los hombros. Se apoya sobre el cuerpo de Javier y saca apenas la lengua, paseándola por los hombros, el pecho, el vientre, el pubis. Se detiene y besa ese lugar bajo el ombligo, ese último centímetro de piel que hay antes de que comience la tela del vaquero. Sin dudar, desabrocha el botón y baja el cierre. Se relame los labios repetidas veces.
Y entonces cierro los ojos con fuerza porque no quiero mirar. Tiemblo cuando oigo el jadeo de Javier, señal de que Gonzalo ya ha empezado a usar la boca. Todo lo que oigo es eso: las succiones y los resuellos. ¿De verdad resulta tan placentero? Abochornado, abro los ojos apenas. La bata se le deslizó hacia un costado, mostrándomelo casi completamente desnudo. Aparto la mirada y observo a Javier... Puede ser que a Gonzalo eso de realizar coitos bucales no le provoque más placer que chuparse el dedo, pero ahora que veo a Javier lo comprendo todo. Gonzalo disfruta al ver a Javier disfrutar. En esa cama el pago son los jadeos, su respiración acompasada y la expresión de satisfacción. Lo son mucho más que cualquier dinero o regalo. Gonzalo contempla el sexo de Javier, brillante y húmedo, y da pequeños besitos en la punta, intercalando lametones. Sopla la punta y Javier se estremece de puro placer...
—Ahhh... —veo a Javier abrir los ojos—. Esperá... Gonzi —susurra. Mi nene levanta los ojitos. Tiene los labios mojados. Serpentea por el cuerpo del hombre y lo besa en la boca y yo me pregunto cómo puede ser que no les dé asco... Javier le recorre la espalda con las manos, febrilmente, hasta llegar a ese lugar que todavía, supongo yo, no ha recorrido como quisiera.
—¿Querés...?
—Sí.
—Yo también, pero no tengo nada con que... —Gonzalo arquea la espalda. ¿Qué es lo que Javier no tiene? Ay, Dios mío...
—No importa... tengo ganas —acaricia toda la palma de Javier con la lengua y se lleva un dedo a la boca—. Me muero de ganas...
Cierro los ojos porque no quiero mirar. Ya he comprendido qué es lo que no tiene Javier. Cómo me gustaría poder levantarme de acá y desaparecer. Pero es que estoy tan cansado...
¿Qué oigo? Oigo unos pequeños gemidos, que sin duda son de mi nene, y unos jadeos recortados, que le pertenecen a Javier.
—Mnghh... Javi —yo aúllo bajito, desearía poder ponerme a ladrar para ahogar los sonidos, pero no me siento capaz de arruinarles el momento y creo que tampoco me quedan las fuerzas suficientes. Estoy cansado. Y me duele todo. Abro los ojos por reflejo al escuchar un sonido sordo: han sido los cuerpos de ambos, sudorosos, desnudos, allí en la cama, chocando contra el colchón. Gonzalo está boca arriba y Javier está sentado casi sobre él... Ya han empezado. Y gracias a Dios que no puedo verlo. Pero, maldita sea, ¡puedo oírlo!
Puedo escuchar la colisión de la carne, el encuentro de ambas pieles, de ambos cuerpos. Y finalmente, un sonido como si algo resbalara. Dios mío, qué asco. ¡Son dos machos! Pareciera como si la voz de Gonzalo se quedara en su garganta y como si intentara no respirar para poder concentrarse en las sensaciones que Javier le está proporcionando. Pero Javier sí que respira. Lo hace por la boca y oigo el siseo del aire que entra y sale por entre sus labios, acompasadamente, en un ritmo muy lento y pausado. No podría decir si su rostro está relajado, tiene los ojos semicerrados y el entrecejo fruncido.
—¡Ah! —gime Gonzalo, cuando Javier embate en su interior por primera vez. Yo giro la cabeza. No voy a verlo. Ya tengo suficiente con tener que oírlo.
Jadean y ya no puedo saber de quién son los resuellos. Se mezclan, se encuentran, se acarician, se penetran. Nacen desde mucho más adentro que las gargantas, flotan en el aire y viven allí por un segundo, para morir al instante y dejarle el paso al nacimiento de uno nuevo... y el proceso se repite infinitas veces. También escucho que se besan y no lo hacen de la misma forma que antes. En la calle se besan muy concienzudamente, aunque sin importar que la gente los mire. Ahora no sabría si a eso puedo llamarlo beso... Se muerden, se chupan, se abrazan, se babean, se sumergen, se desean, se reclaman, se regalan... Jadean dentro de la boca del otro y percibo que cambian la posición del acto. Ya no sé quién está arriba ni quién está abajo y no me importa saberlo porque los gemidos son los mismos. Y si mi nene gime, es porque se lo está pasando bien. La respiración de Javier se ha convertido en el mero silbido de la inhalación y el jadeo de la exhalación, cuando su voz se quiebra y lanza un sonido más humano. Noto que los gemidos de Gonzalo se están haciendo más rápidos y fuertes. Y después de un par de minutos, Javier también lanza sus jadeos al aire, como en oleadas. Desesperación. Javier gruñe. Gonzalo gime muy agudo. Oigo unos sonidos algo curiosos, que no sabría definir correctamente y abro los ojos. Javier se ha sacado el condón y Gonzalo se la sacude para dejar que todo el semen salga y encuentre reposo en otro sitio. Qué horror. Me siento enfermo. Me siento mareado por la fusión de todos los olores de la habitación... El aroma a nuevo de la madera, la humedad que entra por la ventana pronosticando más lluvia, el semen de ambos mezclándose entre sus manos porque Javier ha empezado a masturbar a Gonzalo, y el penetrante hedor del sudor de macho, que huele más violento que cualquier otra cosa.
Los veo abrazarse y besarse furiosamente y Javier se derrumba sobre mi nene, llenándolo de besos.
—Bebé... —susurra. Me duele oírlo y no vayan a pensar mal... duele, en el sentido literal: dolor, siento dolor. ¿Qué no les he dicho? Estoy viejo, maltratado, sucio y famélico. Estoy feliz, pero me duele... Javier, ¿qué estás esperando? ¡Por favor, te lo suplico! Javier me mira, como si hubiese entendido, frunce sus cejas y esboza una sonrisa triste... ¿lo sabe? ¿Sabe Javier que estoy agonizando?—. Gonzi...
—Mnn, ¿sí?
—¿Te gusta el departamento? —aguzo el oído, pese al sufrimiento y al esfuerzo.
—Sí...
—¿Querés vivir conmigo? —mi interior se sacude y si pudiera llorar de felicidad, lloraría. No de dolor, porque el dolor no merece que llore por él. La felicidad es un motivo mucho más hermoso.
—¿Acá? ¿Con vos? —la figura de Gonzalito se desdibuja en mis ojos y su voz se convierte en un eco fluctuante que se columpia por mis orejas y pide permiso para entrar...
—Sí, Gonzi. No quiero que vivas más en la villa. Quiero que vivas conmigo —ah, Javier sí que no se anda con vueltas. Sabe lo que quiere y sabe expresarlo. Pero falta algo—. Te quiero, Gonzi. Soy un degenerado por acostarme con un pibe de quince años, pero al fin y al cabo te quiero y me jode tener que ir a buscarte a la villa. Todos los días te extraño...
—Yo también te extraño... y te quiero.
—Bueno, ¿entonces? Me encantaría encontrarte acá cuando vuelvo del trabajo, dormir con vos... Hacerte el amor en esta cama...
Gonzalito se acurruca junto a su pecho y ronronea suavemente.
—¿Eso es un «sí»? —pregunta Javier. Ay, su voz se oye tan lejana...
—Sí... —creo oírlo, no podría estar seguro. Pero conozco a Gonzalito, sé que está enamorado de Javier. Sé que jamás podría negarse. Supongo que mi nene respondió que sí, porque veo a Javier sonreírme con tristeza y al mismo tiempo, creo que con devoción. Me sonríe y casi veo que me guiña un ojo.
«Ya está, Rambo», parece decir, «ya te podés ir».
¿Y qué es eso? ¿Una lágrima en los ojos de Javier? Si pudiera decirle «gracias», se lo diría. Si pudiera gritar de alegría, también lo haría. Pero no puedo ni hablar ni gritar, y no puedo porque soy un perro... y además... porque me estoy muriendo.


FIN
avatar
Nimphie
Coleccionista de ukes
Coleccionista de ukes

Cantidad de envíos : 217
Edad : 28
Localización : Arkham Avenue
Fecha de inscripción : 29/06/2008

Ver perfil de usuario http://xlash.mejorforo.net

Volver arriba Ir abajo

Re: No Tan Ocultos (1)

Mensaje por Celat Black el Vie Oct 24, 2008 10:39 am

Piuuu!!! Que hermoso!! wa!!! Es una perspectiva tan poco usual, pero tan bien descrita... Me gustó mucho! wi!! Pero yo creo que Rambo no puede decir de que color son las cosas porque es un perro >,< nep, olvidalo! Jaja, nos leemos pronto! ^///^
avatar
Celat Black
Fantasma
Fantasma

Cantidad de envíos : 12
Localización : Durmiendo en algun lugar...
Fecha de inscripción : 21/09/2008

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: No Tan Ocultos (1)

Mensaje por Contenido patrocinado


Contenido patrocinado


Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.