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Cuando nevó en Babilonia

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Cuando nevó en Babilonia

Mensaje por Nimphie el Vie Oct 10, 2008 6:56 pm

Cuando nevó en Babilonia
†Nimphie†



Llevo casi mil años custodiando Egipto y cada día es un martirio. Por eso, para aliviar mis horas, voy a contarles cómo comenzó todo. Y mi historia empieza aquí mismo: en el valle del Nilo.


1


Con los faraones de la sexta dinastía terminó la costumbre de construir pirámides, cosa que me entristeció profundamente. Contemplar a los jóvenes de piel dorada y cuerpos macizos y perfectos siempre me había hecho suspirar. Me gustaba verlos sudar bajo el sol y me divertía oírlos maldecir en egipcio o en hebreo. Jugaba a bailotear a su lado, como quien ejecuta una danza ritual, y me escabullía por sus faldones blancos manchados con barro, por sus manos robustas y sus labios de cuarzo rosado. Disfrutaba imaginando que me acariciaban con la lengua y cantaba de alegría si lograba balancearme por el columpio de las trenzas de su cabello.
Pero cuando mis preciosos y fornidos muchachos dejaron de poblar Menfis con aquellas maravillosas obras de arquitectura, me aburrí de Egipto y decidí viajar hacia el norte para buscar nuevas aventuras y más chicos deseables.
Llegué a Babilonia. Oh, Babilonia, la más lujuriosa de las ciudades. No hay mentiras que no haya osado pronunciar tu lengua bífida y no hay amantes que no hayas espiado desatando su pasión, mientras el cielo hace oídos sordos y las nubes ocultan tus obscenidades de los ojos de los ángeles...
Allí, en la ciudad perdida, los cuerpos eran diferentes, pero no por eso menos apetitosos. Las pieles eran más claras y los cabellos, más lacios. Las piernas eran delgadas y esbeltas y los cuellos parecían forrados en seda. Las manos eran gráciles, de dedos largos y uñas de cristal.
Yo estaba fascinado con aquellos jóvenes etéreos y delicados, frágiles y remilgados. No se entregaban a los placeres de la carne como hacían los egipcios (a lo bruto, sobre el arena, mascullando groserías), sino que parecían tímidas abejitas revoloteando sobre un campo de diamelas. Eran amigos de poner en práctica las más atrevidas estrategias y reían histéricamente cuando eran pillados in fraganti. Eran seductores, galantes, atrevidos y lascivos. Mientras más se hiciera desear un jovencito, con más ardor lo tomaría el macho dominante.
Lo que más me divertía eran los sitios que elegían para sus encuentros amorosos. Se habrían sentido ofendidos si hubiesen podido oír mis carcajadas.
Recuerdo que, una noche, un chico pasó casi tres horas decorando la habitación en la que se encontraría con su amante por primera vez. Tendría apenas unos diecinueve años y lucía tan bello y pequeño que hasta sentí unas leves cosquillas de envidia por el hombre que le tomaría. Se había bañado en el río y se había perfumado todo el cuerpo con una fragancia que olía a vainilla. Luego, había corrido a su habitación (lo seguí, flotando a su alrededor) y se había probado montones de túnicas, hasta que finalmente se decidió por la más corta y las más blanca.
Horas más tarde, cuando en el cielo ya se podía ver la constelación de Géminis (Cástor y Pólux susurraban indecencias en idiomas arcanos), llegó él y... oh, sorpresa.
El chiquillo de aroma a vainilla apenas le llegaba al mentón, pero en cuanto se cerró la puerta se lanzó sobre su hombre como Zeus lo hiciera con el joven Ganímedes. El soldado (porque sus vestiduras lo delataban como tal) se encargó de satisfacer a ese niño ansioso de sexo y nuevas experiencias, mientras yo, meciéndome en la caldeada atmósfera, me transformaba en una fresca brisa para aliviar su calor y recomponer sus respiraciones. Se durmieron juntos entre las sábanas revueltas, y yo me zambullí por sus pieles para lograr retener en mi memoria la violenta y dulce esencia de aquella entrega maravillosa que había presenciado. O en todo caso, espiado.
¿Pero qué podía saber yo, que estaba hecho de sueños, rayos de sol y cálidos céfiros, acerca del amor y los deseos humanos? Ellos estaban allí, sumergidos en ese sopor fragante a rosas y a lasciva insolencia… ¿qué podían saber ellos de mí? ¿Y yo? ¿Sería posible que alguna vez pudiera sentirme atravesado, sacudido, sometido, vaciado y tiernamente vapuleado por una voluntad más pétrea que la mía y por unos labios más ardientes? ¿Podría yo encontrar un ser intangible a quien vestir de besos y rayos de sol... un ser que, como yo, pudiera recorrer el mundo volando en una nube de suspiros?
¿Dónde estaba ese ser?
Yo había oído hablar de él, por supuesto, pero jamás lo había visto. Se decía que era cruel, un asesino silencioso que se divertía al ver a los animales morir de frío y al congelar las almas en pena que flotaban sobre las tumbas. Sentía curiosidad... y quería verlo. Pero también tenía miedo. ¿Qué sucedería si nos conocíamos?
Mi madre me había dicho que si algún día me encontraba con Aidan, del cielo llovería agua hirviendo. Mi abuela, más pragmática pero a la vez más fatalista, me había advertido que él era un joven despiadado y que me transformaría en una estatua de hielo si tan sólo pronunciaba mi nombre.
Yo siempre había estado solo, pues mi labor lo exigía. Pero con el paso de los siglos empecé a contemplar con verdaderos celos a las parejas de amantes que se encontraban clandestinamente para entregarse a la lujuria y al placer. Ya no soplaba vientecillos agradables sobre sus cuerpos para que su fiebre bajara y el sudor se secara... sino que un día, furioso porque ya era la tercera noche en la semana que se encontraban, incendié las sábanas de una pareja de artesanos cuando estaban a punto de consumar el acto.
Bueno, como deben imaginarse, mi delito no fue pasado por alto. Fui juzgado ante un tribunal pero, gracias a mi condición de varón, Zeus (Júpiter para los más paganos) me perdonó frente a los iracundos ojos de su preciosa hija Afrodita. Una fémina exquisita, si tengo que ser sincero, pero levemente histérica y sutilmente degenerada.
—¡El Silfo del Verano merece un castigo, padre! —dijo, furiosa, mientras su cabellera rubia ondulaba sobre su esbelta figura como lo habrían hecho las serpientes de Medusa. Yo tragué saliva y cerré los ojos. Odiaba que me llamaran Silfo del Verano (mi nombre es Sillestin, diosa Afrodita, gracias). Zeus enredaba su barba con el cetro, como hacía siempre que algo lo aburría.
—Hija, no te exaltes. Hace mucho tiempo que Sillestin está sólo y yo comprendo su pesar. Ahora, querida, te agradecería que fueras a visitar a tu marido Hefaistos si no quieres que se dé cuenta de que lo engañas con Adonis. Y yo no deseo tener que vérmelas con Proserpina otra vez.
Afrodita se fue echando chispas y meneando las caderas. Cerró las puertas de la sala con un portazo que se oyó en todo el Olimpo.
Ahora bien, no escapaba de los conocimientos de nadie el hecho de que Zeus se había llevado a la cama tanto a humanos como a dioses. Pero yo, un elemental de la tierra, jamás habría osado fantasear con él ni con nadie que pudiera transformarme en becerro sólo con un soplido.
—Sillestin, Sillestin —canturreó Zeus, divertido—. ¿Así que le prendiste fuego a la cama de una parejita de humanos? —rió y sus ojos se llenaron de un fulgor centelleante.
—Sí —afirmé avergonzado, bajando la cabeza.
—¿Y qué decías que estaba haciendo esa parejita? —preguntó, deslizando las manos por los pliegues de su túnica. Ups. Yo jamás había tenido experiencias de ese tipo, pero no era idiota y sospechaba lo que Zeus se traía entre manos. O entre piernas.
—Estaban... haciendo el amor —susurré, bajito. Me atreví a levantar la vista y me encontré con los ojos del dios rey, grandes, azules y llenos de propuestas lascivas. Se relamió los labios. Y con eso, yo ya sabía cuál sería el precio de la indulgencia.
Zeus murmuró unas palabras y cuando parpadeé ya estábamos lejos de la sala del tribunal, lejos del Olimpo y... lejos de cualquier cosa.
Nos encontrábamos, según pude apreciar, en uno de aquellos paraísos subterráneos de las leyendas. A nuestro alrededor fluctuaba la fragancia de los jazmines en flor y la frescura de un río se mezclaba con ese perfume llenándolo de una magia trémula y deliciosa.
—Nunca he poseído a un elemental —dijo Zeus, regodeándose—. Serás el primero, Sillestin.
Me sobresalté. ¡Zeus podría nunca haber estado con un silfo, pero yo jamás había estado con nadie! ¡Nadie! Era imposible que él no lo supiera.
No tengo miedo, no tengo miedo. Zeus fue despojándose lentamente de su túnica y su piel, tan brillante como el oro bruñido, quedó desnuda exhibiendo majestuosidad. Me sonrió, y todas mis células cuasi humanas comenzaron a bailar como las odaliscas de Babilonia. Oh, Babilonia... qué suerte la mía al estar bajo las leyes de Zeus y no bajo las de aquellos dioses sangrientos, monolíticos y obscenos. Porque Zeus podía ser un seductor, pero el castigo que me habría estado esperando de Marduk habría sido terrible.
Ser sometido por Zeus... oh, bien parecía ser un premio. Pero aun así, yo tenía miedo.
—Acércate, Sillestin. Nadie nos ve, nadie nos oye.
(Nadie)
Me aproximé con timidez, el tiró del lazo que sujetaba mi túnica y yo quedé totalmente desnudo, pequeño y desprotegido. Un escalofrío excitante me recorrió de pies a cabeza y burbujeó en mi interior como una poción de caléndula.
Zeus era un amante tan imperioso como complaciente... No tengo miedo, no tengo miedo... ¡Oh, sí que tenía miedo! Pero luego el temor se hizo humo cuando él me tumbó sobre la hierba y comenzó a viajar por mi cuerpo tal como yo había visto que lo hacían los hombres humanos. Era...
(exquisito)
agradable. El humo se coló por mi piel y se agitó en mi estómago como la varita de un mago o los abalorios de mil reinas.
Zeus me poseyó (no me duele, no me duele) y su placer se hundió en mi carne como un cuchillo afilado. El placer y el dolor se fusionaron y se volcaron sobre mi vientre y los jadeos retumbaron sobre el agua, chocaron contra los árboles, se estrellaron contra el cielo y cayeron sobre nosotros como gotas de miel. Finalmente, el orgasmo explotó: un cúmulo de estrellas, ardiente, vaporoso, violento, se agitó en mi interior y fue empapando mis entrañas con un almíbar pegajoso y mágico que me hizo arder.
—Ve hacia el sudoeste, Sillestin. Y encuéntralo.
Cuando desperté, llovía. Y no pude evitar sentirme ultrajado y humillado... y al mismo tiempo, agradecido.


2

Como me había dicho el dios de los relámpagos, me dirigí hacia el sudoeste. Viajé en una nube muy blanca y esponjosa y cuando el frío hizo que mis rayos de sol temblaran y se escondieran, descubrí que ya había llegado a las tierras de Aidan, el Silfo del Invierno. Yo sabía que él era el único ser como yo que quedaba en el mundo (la primavera y el otoño eran inventos simpáticos pues no tenían silfo propio) y cuando hube llegado a su gran santuario me quedé profundamente sorprendido y... también abochornado. Sus dominios eran la belleza hecha cristal. Del firmamento nebuloso caían diminutas perlas heladas y todo el bosque estaba bañado por un caramelo blanco, suave y aterciopelado. Hasta sus animales eran blancos. Contemplé, con muda estupefacción, a unas gigantes bestias, muy hermosas y de hocico largo, bañarse en un lago helado y cazar unos enormes peces oscuros.
—Maravilloso —susurré, admirando el espectáculo de las bestias del invierno. Yo permanecía con forma humana, mas mi condición de silfo hacía que no sufriese el frío. Estaba en la condición perfecta.
Entonces, cuando quise acercarme a los animales para apreciarlos mejor, lo vi a él.
Era de una hermosura cristalina, luminosa y perturbadora. Su cabello era plateado y caía sobre su pálida espalda como un gran manantial tejido con rayos de luna; su cuerpo, si se me permite el atrevimiento, era aún más bello que el del dios Zeus: esbelto pero fibroso, sutilmente delicado pero de una imponencia magistral. Me sentí cohibido y atraído. Las miles de sensaciones que se habían propagado por mi interior como un virus desde la experiencia pasada, se encendieron y remontaron vuelo a mi alrededor, recordándome que ese ser era de mi misma especie y que, si me lo proponía, yo podía ser suyo.
Pero había algo que todavía no me convencía y era el simple hecho de que, mientras yo era el portador del calor, él era el mensajero del frío.
Me acerqué lentamente y vi mi reflejo en el suelo congelado. Mi pelo rojizo estaba cubierto de caramelo blanco, mi piel seguía bronceada y mis ojos, del color de las arenas de Egipto, ardían de ansias e inquieto temor.
Cuando intenté esconderme detrás de un pequeño árbol,
(oh, no)
tropecé y caí. Él y los animales se sobresaltaron y descubrieron mi azorada presencia. Lloré de dolor al ver que la rama se había incrustado entre mis costillas.
—Esperen aquí, hay un humano herido —le oí decir en susurro. Yo tomé aire. Quise ocultarme, pero estaba demasiado dolorido. Gemí de puro desconsuelo. Se acercaba, pero... ¡eso era lo que tanto había deseado!
(No tengo miedo, no tengo miedo)
—¿Te encuentras bien? —exclamó y su voz pareció elevarse por encima de dolor y flotar como una música divina y celestial. Lo miré. Sus ojos eran de un verde azulado muy intenso, de ese color que yo sólo había visto en los mares de Grecia. Me miró. Y yo supe que él lo sabía porque...—. ¿Qué haces aquí? —inquirió, anonadado. Oh, no ¿qué podía responderle? Me ayudó a ponerme de pie y observó mi herida, preocupado—. Será mejor que curemos eso, luce bastante mal.
Me sostuve de su cintura, pero él me alzó en brazos.
—Esos animales... ¿qué son? —pregunté, escondiendo la cabeza en su pecho.
—Osos polares —me respondió, con una risa divertida.
—Son muy bonitos —susurré, intentando por todos los medios no mirarle a los ojos, porque el simple hecho de hacerlo provocaba que los recuerdos me atosigaran como culebras venenosas.
(No me preguntes qué hago aquí, por favor no me preguntes)
—Es cierto, son bellos.
Se detuvo, y yo levanté apenas el rostro. Estábamos en una gruta, sus pisadas se oían retumbantes y mi respiración agitada se había vuelto evidente. Aidan me recostó con cuidado sobre un lecho de musgo, y cuando colocó sus manos heladas sobre mi vientre lastimado (tirité de frío) me estremecí con su suave contacto y... la sangre se evaporó como un incienso misterioso y la piel volvió a ser lisa y dorada. El dolor se había ido.
—Bueno, Sillestin, no me dirás que has venido al polo sólo para conocer mis osos —comentó, sentándose a mi lado. Oh, no, ¿qué le respondería? Mi rostro se encendió como una fogata ritual, desvié la mirada y comencé a estrujarme los dedos.
(Quería verte, conocerte. Saber si son verdad las cosas horribles que se dicen de ti)
No llovía agua hirviendo. Ni tampoco me había transformado en una estatua de hielo. Y lo que era más importante: Aidan lucía amable.
(Me atraes, me gustas ¿es que no lo percibes en mis ojos?)
—¿Qué sucede? ¿Te ha comido la lengua el oso?
(Oh, por favor, no te burles de mí)
—Gracias por curarme —dije, abrazándome las rodillas. El dejó caer una risa satisfecha.
—Por nada. Oye... ¿está bien si te ausentas de tus territorios? —me preguntó, y yo no percibí reproche alguno sino sólo una leve curiosidad. Me encogí de hombros.
—No soy muy querido por mi gente —comenté, atreviéndome a mirarle a los ojos. Él me contempló con confusión—. Los egipcios me odian. Ya sabes, Egipto: pirámides, sarcófagos, dioses con cabeza de pájaro...
—Sí, me han contado algunas aves.
—Bueno... Egipto está el desierto y algunos odian el calor.
—¿Y tú no haces nada para aliviarles?
—¡Claro que sí! Tienen un río, el Nilo. Todos los años tengo cuidado de que se inunde el delta para que se pueda cultivar. Pero claro, ellos no pueden saberlo. Si el maldito río alterara su curso el país se convertiría en un desierto de arena —fruncí el ceño, enfurruñado—. Debería darles una lección para que aprendieran a apreciarme y dejaran de insultarme...: ¡Maldito clima! ¡Puto verano! ¡Jodido calor, se me corre el jodido maquillaje!
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Re: Cuando nevó en Babilonia

Mensaje por Nimphie el Vie Oct 10, 2008 6:57 pm

Para mi asombro, Aidan comenzó a reír. Pero cuando se dio cuenta de que yo lo miraba enfadado, se detuvo. Yo no estaba molesto... su risa fresca y salvaje me había dejado sin aire. Y eso, para tratarse del elemental del verano, era grave.
—No lo hagas —me dijo, contemplándome con una sonrisa—. Son humanos, nunca sabrán apreciarte como te mereces.
(¿Y tú puedes? Vamos, yo se que sí)
—¿Y a ti? ¿Te tratan bien las personas?
—No hay gente viviendo aquí —declaró. Entonces se acercó a mí (oh, por Zeus, ¿qué está haciendo?) y me susurró al oído—: no me soportan.
Un placer glacial me estremeció y se me erizaron todos los vellos del cuerpo. Solté una risita nerviosa.
—Bueno, supongo que somos dos silfos despreciados...
A él no parecía importarle demasiado. Y la leve sospecha comenzó a crecer. Él no conocía a los humanos, ¿acaso conocía las formas en las que se amaban y disfrutaban de todos los placeres posibles? Supuse que no, porque la cosa era distinta en los animales. ¿Cómo podría yo despertar esos instintos en Aidan?
—Oye, ¿qué te parece si te muestro mis territorios? Si es verdad que puedo alejarme de aquí por un tiempo... tú luego me mostrarás los tuyos.


3


Así lo hicimos. Recorrí de la mano de Aidan todo su gran santuario cubierto de caramelo blanco y me dijo que ese caramelo se llamaba nieve. Cuando nevaba, mi corazón se encogía de felicidad y vergüenza. Yo podía hacer llover y soplar vientos cálidos, pero algunos humanos despreciaban a tal punto mis lluvias que cuando llovía ni siquiera salían de sus casas. En cambio, las nevadas de Aidan eran un espectáculo primoroso digno de los más fastuosos poemas.
—Tu nieve es muy bella —le dije una noche, mientras descansábamos recostados sobre un pequeño monte y las perlas heladas (copos de nieve) nos cubrían lentamente.
—Gracias —susurró él, aferrando mi mano. Lo miré. Su perfil se recortaba sobre el cielo vaporoso y yo quise acercarme y tocarlo, recorrerlo con mis dedos tibios, sentir su frescura—. Pero el frío extremo no es saludable para los seres humanos. No te creas que no sé lo bien que lo pasan en esos sitios tuyos llamados palayas...
—Playas —corregí, divertido—. Sí, las playas son lindas. Arena, mar, sol, cangrejos...
—Aquí nadie se divierte... me gustaría conocer tus playas.
—¿Quieres ir a mis territorios? —repliqué, incrédulo. Él se giró y quedó de costado, apoyado sobre el codo.
—Sí, ¿qué hay de malo? Tú ya conoces los míos.
Por supuesto, acepté. Y esa misma noche navegamos sobre el lomo de una ballena austral hasta que descubrimos que estaba preñada. Le agradecimos el paseo, y decidimos llegar al Mediterráneo nadando por nuestros propios medios.


4



Nos perdimos y acabamos en el Caribe. Por suerte, una sirena vieja nos guió hasta el estrecho de Gibraltar y logramos llegar hasta el Egeo, pero me indigné hasta el delirio cuando me di cuenta de la forma descarada en la que le coqueteaba a Aidan.
—¿Qué te pasa? —me preguntó él, pellizcándome las mejillas al verme con los mofletes inflados.
—No me agradan las sirenas —respondí. Caía la noche y el calor seguía presente. Estábamos en la isla de Samotracia. Si nadábamos hacia el este podríamos llegar a Troya. Pero yo quería volver a Babilonia...
—A mí tampoco, son muy vanidosas. Se creen los más bellos de los seres y lo único que tienen es una voz bonita.
Estuve de acuerdo con él, pero de todas formas a esa sirena le debíamos una.
Al otro día llevé a Aidan a conocer las playas que tanto le intrigaban. Nos sentamos en el borde de un acantilado y él se quedó largo rato contemplando el brumoso horizonte, con los ojos casi cerrados y una sonrisa melancólica. Estudié en silencio sus suaves y varoniles rasgos... y descubrí que ya me había enamorado de él tan profundamente que podría abandonar mis territorios sólo para estar a su lado bajo la nieve... Suspiré, y apoyé la cabeza sobre su hombro desnudo. Aidan, en respuesta, hizo lo mismo... y mis cabellos de fuego se encontraron con los suyos, lágrimas de luna bañadas por el sol…
(Te quiero)
—Tu santuario es precioso —susurró—. Es mucho más bello que el mío —y en sus palabras no había resentimiento, sino una nostalgia temblorosa y sibilante.
—Para mí es al revés —revelé, buscando su mano fría.
—En mis tierras sólo hay una vida abstracta, Sillestin. No se oyen las risas de los seres humanos, no hay música de tambores ni de liras, no hay niños correteando por los bosques...
—No te creas que todo son fiestas y diversión. Allí —señalé hacia el este— dos ejércitos se enfrentaron por una mujer y la tierra abrió sus fauces para recibir la sangre de los muertos.
(Guerra)
—No fue tu culpa —exclamó, apretando mi mano y, percibiendo mi tristeza, desvió la conversación—: ¿Qué tal si seguimos viajando? Muéstrame todos tus sitios favoritos.
Oh, mis sitios favoritos.
Como deben imaginarse, Babilonia encabezaba la lista.
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Re: Cuando nevó en Babilonia

Mensaje por Nimphie el Vie Oct 10, 2008 6:58 pm

5




Los babilonios estaban festejando algo. No sabíamos qué, pero igualmente nos contagiamos al instante del espíritu jocoso y de la algarabía que flotaba en la atmósfera como el sándalo dulce. Las calles de tierra estaban repletas de flores y guirnaldas y la noche se desplegaba sobre la ciudad más obscena: una sábana dispuesta a ocultar a los miles de amantes que se entregarían a la diosa de la lujuria. Oíamos los tambores y los atabales como si estuviésemos en su interior y bailábamos al compás de las flautas como si millones de bocas soplaran en derredor. Esa noche estábamos disfrazados de humanos, pero de todas formas Aidan no sudaba. Nos habíamos vestido con las ropas de gala que habíamos robado de la habitación de unos nobles y él, Aidan, comenzó a reírse escandalosamente cuando se dio cuenta de que yo, por el apuro, me había vestido de mujer.
—¡No te burles! —grité, molesto—. ¡Todas estas túnicas son iguales, maldita sea!
—¡Te ves bien, idiota! —exclamó, metiendo la mano por el escote. Yo me estremecí de frío y placer. Nos encontrábamos en medio de la multitud que bailaba enardecida, estábamos pegados el uno al otro, pies contra pies, muslo con muslo... sentía la agradable frescura que fluía por su cuerpo y me hallaba tan complacido que deseé lanzarme sobre él y acurrucarme junto a su pecho, balbuceando...
(Te quiero, me gustas, te quiero me gustas, tequieromegustastequieromegustas)
—Te quiero —le susurré al oído (mejilla con mejilla). Él me rodeó la cintura con los brazos.
—Yo también —me respondió. Lo miré, estremecido. Hallé en sus ojos un brillo líquido e inquietante... pero en ese momento no pude saber si esas emociones eran tan ardientes como las mías. Después de todo, él era el Silfo del Invierno.
Cuando nos cansamos de bailar (y eso no fue hasta la madrugada) nos alejamos del centro de la fiesta y del eco de la música. Tomados de la mano (piel contra piel... te quiero, me gustas) recorrimos Babilonia hasta que llegamos a las zonas más humildes. Había fiesta en todos los rincones de la ciudad y lo único que variaba eran las vestiduras, más suntuosas en el centro, más humildes en la periferia. No obstante, en todos los sitios manaba el alcohol como de una fuente encantada y los frutos secos se vendían a cambio de unas monedas.
Cuando bordeamos un pequeño caserón que yo conocía muy bien dado los nobles oficios que allí se practicaban, un niño nos regaló unas uvas. Aidan las comió golosamente, chupándolas con verdadero deleite, y yo sentí envidia de esas uvas.
—Tengo sueño —me dijo más tarde—. ¿Podemos dormir como lo hacen los humanos?
—Si tú quieres —respondí encogiéndome de hombros, algo temeroso. Su rostro se iluminó como el faro de Alejandría.
El único lugar en donde podíamos dormir era el burdel (el sitio de los nobles oficios) y una burbuja de miedo y excitación comenzó a crecer en mi estómago.
(Sexo... allí los humanos tienen sexo, ¿qué sabes acerca del sexo entre humanos, Aidan? ¿Te gustaría hacerlo conmigo?)
Conmigo
Entramos en la casa pública (nadie iba a horrorizarse de ver dos varones de la mano) y pusimos un par de monedas en el recipiente de barro. Tragué saliva. Ya podía olerse el violento aroma a sudor, a cuerpos ansiosos, a pieles desnudas, a tibio semen mezclado con esencias del Tíbet... Suspiré profundo. A mi lado, Aidan parecía ajeno a todo ese campo magnético lascivo y degenerado.
El lupanar era una construcción vieja y derruida por los costados. Tenía dos pisos, varias habitaciones y, al fondo, una fuente que yo siempre me había ocupado de llenar de agua limpia. Cuando no había cuartos disponibles, algunos hombres (las mujeres eran más recatadas) se desnudaban en esa fuente y lo hacían allí mismo y... oh, qué espectáculo. Los cuerpos danzando furiosamente en el agua, los jadeos ahogados vertiéndose y navegando entre las olas, el sudor mezclándose con ellas y al final, la explosión de ambos cuerpos chapoteando en un orgasmo violento y rapaz.
Aidan abrió una puerta y...
—¡Espera!
(¡No, por Zeus!)
se quedó tieso de espanto. Allí adentro, los gemidos resonaban como en un eco invertido.
(¡Bam!)
Cerré la puerta. Tomé de la mano a Aidan y busqué rápidamente alguna puerta que no tuviera la correspondiente señal dibujada con yeso. Al fin, un cuarto libre.
—¿Qué fue eso?! —exclamó, exaltadísimo. Sus mejillas estaban llenas de un rubor coralino.
—Sexo —respondí en susurro.
—¡Ya me di cuenta! —replicó él—. ¿Pero no se supone que eso... bueno, se hace de a dos?
(Y nosotros somos dos)
Dos
—Sí, normalmente. Pero los humanos tienen muchas más formas de divertirse.
Aidan se sentó sobre la cama y yo lo imité.
(Burdel. Sexo. Cama. Dos... burdel... dos... camas... sexo...)
Tequierotequierotequiero.
Jámas he poseído a un elemental, serás el primero.
(Humillación)
—¿Tú lo has hecho alguna vez? —me preguntó, y sus ojos azules y profundos brillaban de curiosidad y ansias desconocidas.
Serás el primero.
(El primero)
Humillación…
—Oye ¿qué te sucede? Sillestin...
Enterré el rostro en su pecho y, por primera vez, lloré el deshonroso placer que había gozado en brazos del rey del Olimpo. Sí, lo había hecho. No, no era virgen. Había cometido una falta y Zeus me había perdonado a cambio de mi cuerpo. Pero no lo lamentaba porque... era él quien me había dicho dónde estaba Aidan.
—¿Tú fuiste al polo... para conocerme a mí? —levantó mi rostro sosteniéndolo entre sus manos.
—¡Sí! —sollocé, entre sus brazos—. ¡Quería verte, saber cómo eras! Quería conocerte… —mi voz se quebró, transformándose en un siseo parecido al del mar.
—¿Y qué tal? —susurró. Sus ojos parecieron chisporrotear con un fuego misterioso.
—¿Q-qué? —me relamí los labios. Los suyos siempre parecían tan húmedos...
—¿Cómo soy? —su respiración pareció agitarse y la mía se disparó como un misil. Una sacudida caliente subió por mi espina dorsal...
—Te quiero... —y mis palabras se hicieron añicos, como un trozo de hielo en agua hirviendo.
Bésame
El azul de sus ojos fue haciéndose más hondo y su frescura me fue envolviendo conforme Aidan me abrazaba. Su boca estaba fría, sí, pero en medio del beso la temperatura se unificó, mi calor y su frío se hicieron uno. Una primavera mojada entre nuestros labios fue balanceándose por sus bordes, escurriéndose hacia el interior... arrastrándose por ambas lenguas como almíbar.
(Tequieromegustassexodoscamaburdel)
Sus manos comenzaron a jugar con los abalorios de mi túnica y el único nudo que sostenía el vestido se deshizo entre sus dedos como una piedrecita de arena. El lino cayó sobre mis hombros, fue deslizándose por mis brazos y se despeñó por mi pecho hasta dejarme parcialmente desnudo. Temblé. Podía sentir los ojos ansiosos de Aidan, barriendo mi desnudez.
Dos
Cerré los míos con fuerza y un gemido subió en espiral desde lo más recóndito de mi ser cuando sus labios, ahora casi tibios, resbalaron por mi cuello y se abrieron (oh, dios mío); unos dientes mordieron con deliciosa suavidad, sus manos se perdieron por la maraña de telas y su cuerpo me empujó hacia la cama… Caí sobre mi espalda, con Aidan arriba mío.
—Sillestin, yo también te quiero. Pero no sé nada de estas cosas... sólo respondo a mis instintos.
—Te quiero.
Él sonrió y yo me aferré de su túnica. Quería quitársela, quería verlo desnudo, quería...
(Ser suyo)
—Cuando era niño me dijeron que eras un horrible dragón de tres cabezas y que me transformarías en un charco de agua con sólo decir mi nombre.
—A mí me dijeron que me transformarías en una estatua de hielo.
Nuestras risas, nerviosas, excitadas y desesperadas, se lanzaron hacia el techo de la habitación y cayeron sobre nosotros como fuegos artificiales. Aferré el lazo de la túnica de Aidan y tiré. Su pálida desnudez brillaba al ser acariciada por la luz de la luna que se colaba por la ventana.
(Te deseo)
—Me gustas tanto —jadeó, arrancándome la ropa. Gemí. Y descubrí que no sentía miedo, ni pudor... sólo había
(amor)
deseo.
Dimos vueltas entre las sábanas, para que con nuestros cuerpos ocurriera lo mismo que en el beso. La primavera se hinchó sobre nosotros y nos envolvió con un cálido y húmedo céfiro. No había frío ni fiebre.
Se inclinó sobre mí y su cabello, esa cortina tejida con rayos de luna, me hizo cosquillas mientras su lengua juguetona se escabullía por mis rincones más oscuros y vergonzosos. Cuando llegó al sexo, me revolví de gusto y ansiedad. Sus manos estaban frescas, y mi miembro ardía. Jadeé. Gemí fuerte y agudo y la primavera saboreó los primeros fluidos que comenzaban a asomarse.
(Oh, dios, esto es el cielo)
Aidan jugaba a dar lametones, a succionar y besar y yo alzaba las caderas, revolucionado, con todo mi calor elemental girando en medio de un huracán violento y embriagador.
—Ahh, Aidan... por favor —supliqué. Él rió y yo vislumbré su propio sexo, tan erguido y ansioso como el mío. Apenas verlo, me lancé sobre él como un poseso.
Lamerlo era la gloria, saborearlo, un banquete de dioses... sólo que ningún manjar divino habría palpitado en mi boca como un corazón hecho de sueños. Me dediqué a eso, a recorrerlo, a besarlo, a morder apenas y a desafiar la profundidad de mi garganta. Y él jadeaba, y él enredaba sus dedos en mi cabello y él...
(Oh, dios, no aguanto más)
Necesitaba contacto, necesitaba su frescura, necesitaba que me poseyera y me hiciera olvidar a Zeus. Me senté sobre él y comencé una ondulante danza, haciendo que nuestros sexos se saludaran, se acariciaran, se susurraran propuestas groseras y apostaran acerca de cuál aguantaría más tiempo el orgasmo... o cual poseía las mayores reservas de semen.
—Mngh, Aidan, vamos...
Me tumbé boca arriba sobre la cama, abrí las piernas y las entrelacé en torno a sus caderas. Él apoyó un brazo a mi costado y con la otra mano fue tanteando terreno
(Por favor, hazlo, que me muero)
hasta que yo le grité entre gemidos que ya era suficiente y que lo hiciera de una vez por todas. Él me miro con sus ojos cargados de lujuria y una sonrisita traviesa se asomó a sus labios mientras su lengua y sus dientes me decían que me preparara para lo que estaba por llegar. Cerré mis ojos.
(Al fin...)
La primavera (hecha carne) fue resbalando deliciosamente por mi interior y yo, muy quieto y con los cinco sentidos embotados, suspiré de puro gusto mientras la intrusión se iba ensanchando y profundizando. Aidan se inclinó más y me embistió con toda la fuerza de su cuerpo y yo vi las estrellas, envueltas por la frescura de su piel y el sudor que veía por primera vez. Eso era un gran mérito... ¡había hecho sudar al Silfo del Invierno!
—Me vuelves loco —jadeó, sobre mis labios mojados, besándome con avidez. Yo lo abracé con toda la pasión y desesperación que fui capaz y el siguió haciéndome el amor, susurrando palabras tiernas y a veces groserías y yo me reía y jadeaba y le decía que era un silfo maleducado pero que follaba que daba gusto. Cuando se detuvo, aguanté el aire. Sonreí.
—Vamos... sigue —gemí y mi propia respiración me saludó burlona desde el techo de la habitación. Él fue barriendo mi pecho con su lengua y atrapó un pezón. Lo chupó tal como había hecho con la uvas: con glotonería, como si quisiera que de él brotara un néctar igual de dulce y delicioso.
—Ahh, ¡Aidan...!
Y cuando pronuncié su nombre me pareció que todos en Babilonia lo gritaban y las últimas embestidas se clavaron en mi interior, su pasión explotó y el rugiente semen se infiltró, orgulloso, por mis territorios privados proclamándolos como suyos. Salió de mi interior y sí pude ver esas reservas, goteando en cinco sacudidas fastuosas
(Exquisitas)
mientras un resuello profundo y bestial a la vez que fidedigno de un placer escandaloso se escapó por nuestras bocas, heraldos del orgasmo.
—Mngh… Te amo…
Y Aidan se derrumbó sobre mí como un alud, y yo lo abracé. Lentamente, el sueño se fue apoderando de nuestras almas y de nuestros cuerpos satisfechos.


6


Cuando desperté, supe que no había pasado mucho tiempo. Entonces quise saber qué era lo que me había despertado. Se oían gritos, pero ahora eran distintos. Eran de otro tono... eran desesperados. Nervioso, me asomé por la ventana y...
(¡Por el amor de Dios... por el amor de todos los dioses!)
vi que perlas blancas y frías caían de un firmamento vaporoso, empañado. Desde allí se respiraba la humedad y los gritos que yo había oído y que me habían despertado eran el desasosiego de las miles de personas que no sabían qué demonios era aquello que caía del cielo.
¡ESTABA NEVANDO!
¡SÍ, NEVANDO! ¡EN BABILONIA!
«¡Nieve!», quise gritarles, «¡se llama nieve y no hace daño! ¡Obsérvenla y disfrútenla! ¡Es nieve!»
Pero, obviamente, no pude hacerlo.


7



Nos juzgaron frente a todos los dioses del mundo. Avergonzados y muertos de miedo, Aidan y yo permanecimos sentados frente a un tribunal formado por Zeus, Marduk, Horus, Baal, y algunos más que debían ser los dioses del territorio de Aidan. Acongojado, observé a Zeus. Pero él no me devolvió la mirada.
—Silfo del Invierno, Aidan Enielle, se le acusa de haber abandonado los territorios que se le han otorgado según el Tratado de Abigor, de haber irrumpido en la ciudad caldea de Babilonia y haber conspirado junto con el Silfo del Verano, Sillestin Berial, la catástrofe de nieve que cayó sobre la ciudad la noche pasada y que sembró el caos todo el día de ayer.
—Silfo del Verano, Sillestin Berial, se le acusa de haber conspirado junto con el Silfo del Invierno, Aidan Enielle, y haber ocasionado la nevisca que se precipitó sobre Babilonia, la reina de Asia...
Yo tenía antecedentes y por ello mi pena fue más dura que la de Aidan. A mí me condenaron a permanecer mil años custodiando Egipto y a él, a mi amor frío y plateado, simplemente a no alejarse del lago de los osos polares que siempre había sido su morada. Debía estar allí por quinientos años.
Cuando nos separamos (unos soldados nos vigilaban muy de cerca) se me acercó el dios Zeus y dijo:
—Cuando terminen los mil años de Sillestin podrán encontrarse de nuevo. Pero lo harán en los polos, donde no habrá ningún peligro.

Y es ahora, cuando los mil años han pasado, cuando viajo sobre el lomo de la tataranieta de la hija de aquella ballena austral para reencontrarme con mi silfo Aidan. Y sé que él estará allí, en el lago congelado, aguardándome y jugando con sus osos polares.




Epílogo




—¡Oh, no! —grita Sillestin, adormilado—. ¿Qué sucede, Aidan?
Las ropas de ambos permanecen hechas jirones sobre la cueva
(mil años de abstinencia serían suficientes para enloquecer a cualquiera)
y el Silfo del Invierno asoma la cabeza por encima de unos pantalones destrozados.
—¿Qué pasa, Silles? No me digas que llueven bolas de fuego... ¡Morirán los dinosaurios otra vez!
—¡Idiota, despiértate! ¿Qué tonterías estás diciendo?! ¡Mira el cielo!
Ambos silfos se asoman por la gruta y alzan sus ojos hacia el firmamento. Allí, una cortina multicolor se despliega y ondula a lo largo de todo el bosque, brillando por encima de las estrellas avergonzadas.
¿Qué está ocurriendo? ¿Un nuevo desastre climático?
Ninguno de los dos lo sabe y por eso tienen miedo.
Ninguno de los dos lo sabe, pero no están presenciando ninguna catástrofe sino uno de los espectáculos más bellos que conocen los habitantes de los polos. Esta noche el cielo y los astros se visten de gala para festejar el reencuentro de los silfos, mientras que la Naturaleza les rinde homenaje con una fastuosa aurora polar.


FIN
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Nimphie
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Re: Cuando nevó en Babilonia

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